miércoles, 17 de agosto de 2011


Existió hace tiempo, en una epoca donde el amor a lo misterioso era necesidad y obligación, donde la vida misma no tenía sentido en la misma tierra y donde la verdadera busqueda de la verdadera verdad centraba toda logia y esfuerzos de los más de los eruditos de por aquellos entonces. Un tiempo donde no había cabida a la reflexión pues ella estaba prohibida y condenada si no era frecuentada dentro del marco divino y extraterrenal, lugar preciso de legitimidad en la procura de la respuesta a la gran verdad. Prestos a ello, a la busqueda de la anulación que, supuestamente, padecía la vida terrena plena de la gran mentira, estaban los sabios monjes del tiempo que narro. El monje dedicaba toda su fuerza interior en el sondeo de su propia alma, acechando a cualquier victoria de las mentiras, pasiones, desenfrenos no merecedores de ser buenos compañeros en el camino hacía la gran verdad. Esa gran verdad, hacía ya siglos que se había convertido en personal, humanamente inventada, surgida de la nada. Esa verdad se llamó Dios y a su unión con el se dirigian por entonces multitud de hombres que, alentados por la propaganda de la epoca de la santificación del alma y la “corderización” del hombre, ingresaban en conventos y cenobios, hogares estos de todos aquellos que intentaban cazar aquella gran verdad para a ella unirse y contentar así una vida terrena despreciadamente mal vista por esa gran verdad compensandola con la gran promesa de un mundo nuevo y mejor.
Pero, he aquí que a uno de esos sitios de meditación y recogimiento, acercose un hombre que solicitó su ingreso en aquella de entre tantas comunidades “cazaverdades” que tanto proliferaron en la epoca. Tras hablar con superiores hombres de la comunidad tal, se le aceptó su demanda de ingreso y durante veinte años practicó toda clase de abstenciones, acató normas y costumbres de la colectividad que lo acogía, trabajo entre los demás con el mismo impetú que el resto por buscar purificar su alma impuramente llegada en su día a la comunidad monastica y tanto en esto como en el trabajo físico se mostraba siempre cauto, cumplidor y recto entre sus compañeros de encierro. Oraba en su momento indicado y no pareció nunca susceptible de padecer tentaciones.
Y el monje ilúmino respondio: “yo no amo a Dios, yo odio a sus hijos”. Ilúmino por ser ausencia de luz dirigente en su camino, ilumino por ser el mismo candela de si mismo, fuente de luz en su propio padecer, regocijo.... El monje ilúmino se une a Dios y mira desde la misma prespectiva desde la que Dios mira a sus hijos, no comparte su poder, es más, lo maldice, pero de su parte esta al ser amante de los hombres pero tambien su más fiel enemigo.

miércoles, 3 de agosto de 2011

QUIÉN RESUELVA MI DENSIDAD OBTENDRA MI PESO
Aquí, el Justo imparte equidad a quienes han sabido ser leales. En otro lugar, escupidos a las entrañas de la tierra, se hallan los que han dudado de lo que ves en estos parajes, y sus carnes sufren el castigo inmenso. En las hogueras de la infamia, en las celdas de la ignorancia, de la impiedad y envidia; en los patíbulos de la desesperación, entre los grilletes del pecado, sobre las espinas que forman los huesos de los padres de la maldad descansan sus almas. Así se topan hoy los despreciados. Debajo de los que hoy gozan de su recompensa, en el estomago de la bestia del dolor; irreconciliables con el perdón, sus párpados jamás se hallaran cerrados y jamás conocerán descanso. No lo merece. Su sufrimiento no merecerá nunca descanso; y sus pupilas se pudrirán mientras observan la tortura eterna en espejismos, en su cuerpo. Gritarán en los siglos la piedad que en sus corazones nunca había habitado en vida. Eternamente, jamás la tendrán. Así se topan hoy los desheredados. Su alimento son sus vísceras; su sed, aplacada con torrentes de fuego que descarnan sus gargantas. Se ahogan en su sangre. Así se topan hoy los expulsados.
A vuestra razón le corresponde el verse o no merecedor de tales sinos. Séd concluyente con lo que os he mostrado y postraos, ofrendad vuestros despreciados sueños a quién demuestra ser vuestro mentor, y el de todos los hombres. Amad como El lo hace para vos y vuestros semejantes, haced observables vuestros actos hacia Él y obtendréis lo que primero vuestros sentidos han catado. De no ser de tal modo, estaréis entre los que padecen y se arrepienten en vano.
Vuestras obras serán vuestros testigos y abogados el Gran Día.”
- ¿Vuestro gran Señor es el que es madre y verdugo de nuestros destinos? –pregunté.- ¿Es el que precisa de nuestra loor por ser el que Es? Yo os responderé: es el Juez de la humanidad, el adjudicado capaz de condenar a quién osa serle indiferente y no persignársele. Vuestro Señor es el que favorece al débil de voluntad y posee maltrechos principios, condenando al que, sabedor de su emancipación, instrumentaliza sus sueños. Vuestro Señor no es tal, es amo, nos, esclavos de sus mandamientos.
- Soy origen y fin, y también medio para el que lo precise, pues en mi se hallan las entrañas de los mundos; y a mi acudiréis cuando se abran bajo vuestros pies las rocas, se sequen los manantiales y los cielos absorban a quién se les crea merecedores de bonanza y sosiego. Resígnate a la evidencia; ¿de que otro modo puede entonces explicarse el por que de este discurso entre ambos?
- Delirios, pesadillas que mi subconsciente juzga como tales... –respondí.