La actual crisis económica no es más que una derivación natural de una anterior degradación de las morales y valores que ha nutrido los actos de las civilizaciones occidentales durante casi los últimos siglos; no es más que una consecuencia predecible de la inanición de los espíritus en post de la obesidad mundana devenida de la falsa idea, de herencia semítica, de que el verdadero éxito es la consecución de la abundancia, de que el verdadero hombre de triunfo es el que destaca de entre los suyos sin reparar en los medios que emplea –y mucho menos en las consecuencias-, abundancia plétora en la materia, en lo sensorial, menospreciando lo supuestamente rancio del equilibrio que se halla en la sanación de los principios justos de humanidad y valía.
El sistema no es ni mucho menos reciente. En cierto modo cuenta hasta con tradición secular. El camino hacia la creencia de que el mejor hombre es el triunfador y no el justo (y mucho menos el bueno) nace con la eclosión de la burguesía en Europa Occidental durante la Baja Edad Media y/o Renacimiento, cuando los medianos artesanos se convierten en los precedentes de los siguientes empresarios o banqueros, y empiezan a difundir sus éxitos como las auténticas recetas para la consecución del progreso y la definitiva salida de esa etapa oscura tras el Imperio que fue el Medievo. Amparados en los rendimientos de sus negocios comenzaron a esparcir sus principios, los plasmaron en catalogos de ideales de conducta (Maquiavelo y su “Príncipe”, Hobbes y “Leviatan”…), solicitaron prebendas en las Cortes europeas, y extendieron sus ideales de éxito tanto geográfica como temporalmente. El emprendedor, tal y como hoy lo conocemos en la sociedad capitalista global, tuvo sus orígenes entonces, y tanto el bróker de la City, como el empresario inmobiliario de las Españas de los últimos cuarenta años, como el que adquiría un Audi a crédito, o una segunda vivienda (¿Para qué una segunda vivienda?) o incluso el/la joven que confunde al príncipe con el villano son los hijos de los hijos de los hijos de la idolatría burguesa. Conviene reconvertir al pagano, es preciso exorcizar el sistema, y necesario se presenta el combate al error y corregir conductas.
No culpemos al sistema, pues el sistema somos nosotros, o al menos a él pertenecemos. Así lo hemos engendrado, y nuestra permisividad ante su depredación se sostiene por que también nós hemos sacado rédito como carroñeros de sus cacerías sangrientas. Aunque con un ímpetu laxo, desde los primeros mundos nos hemos ocupado de la denuncia del avasallamiento que la civilización occidental acometió sobre el Tercer Mundo sin caer en la ceguera de la viga en el óculo propio: a veces sospecho que los propios auspices del saqueo a los pobres son los que se ocuparon de hacernos ver la denigrante situación de los mismos para desviar así nuestra preocupación hacia ellos y así no reparásemos en que también sobre nós mismos batían las miserías del sistema. Hoy parece que nos hemos desprendido de los caros abrigos de pieles que el mismo sistema nos había regalado o, peor aún, la propia bestia capitalista nos ha dejado desnudos embargándonos los ropajes “Os equivocais, miserables. –nos anuncia ahora- No eran vuestros, sino míos. Tanto el abrigo como el frío ahora son míos”. Ahora lloramos.
Si tenemos que depurar responsabilidades tenemos que echar la vista atrás, o a un lado, o hacia uno mismo. La catarsis capitalista no es la actual, sino la pasada. La auténtica crisis ya fue; ahora son tiempos de calma chicha. Muchos eran los que se dedicaban a criticar el sistema tomándose una cerveza en la terraza de algún bar alguna plácida mañana de agosto cuando omitía (aunque hubiera preferido emplear “ignoraba”) que era el propio sistema el que le permitía hacerlo; fuimos muchos los que nos dejamos convencer bajo la égida del consumo desbordante y oramos el credo del que el Tener te ayudaba al Ser, y que el Ser era más preciado que el Poder. Fuimos ricos sin poderlo, puesto que se nos lobotomizó la idea de que el que no puede no tiene porque no ser, y se nos vendió la materia como lugar de ganadores. Se nos privó de la Fé (No lo neguemos, el humano es un ser de Fé!) y se nos inoculó el opio alterado con altas dosis de soberbia, vanidad y egoísmo recalcitrante y obsceno. Después de la embriaguez llega la resaca. Seamos honestos, y la primera medida es pagar por lo que hemos roto. Tras esto acordemos un nuevo porvenir más fiel a lo justo con los justos.
Además de un reacomodo de las morales, yo ya aposté en párrafos pasados por una revisión estructural del sistema de producción actual que debería arrancar por una depreciación de la Economía como ciencia (el economista es un chatarrarero, y punto), una revisión de las relaciones de los agentes sociales, la exclusión de los bienes de consumo de cualquier mercado especulador con medidas proteccionistas estrictas…
Dada la actual situación de emergencia social es de obligación la ejecución sumaria de ciertas medidas. La previa es la declaración de quiebra de todos aquellos Estados con problemas de liquidez de toda la deuda acumulada. Pondremos el acento en España (nos ocupa y preocupa), pero tanto el problema como la solución misma puede extrapolarse al resto del Viejo Continente, aunque en la problemática española, no obstante, cabría contar con otros factures coyunturales que inciden de modo recalcitrante en lo crítico (desempleo, colapso inmobiliario y, como no, factores culturales –también objeto todos ellos de capítulos aparte-).
Declararse en quiebra significa renunciar a cumplir con el acreedor, una quita total. Aunque las consecuencias son las más nefastas, al menos reconoceríamos un problema y lo atajaríamos de raíz en lugar de retroalimentarlo intentando sanar con medidas ineficientes e impopulares que no hacen otra cosa que acrecentar la supuración y nutrir el descontento general y, además, buscando satisfacer a los primeros responsables de la situación, los bancos, los demonios embaucadores. El magno error a día de hoy es creer que izando velas se conseguirá mantener a flote un navío que, en el caso ibérico, cuenta con muchas vías de agua. Hay que anclar el barco y ponerse a achicar antes de tomar rumbo a puerto definido. La quiebra limpia de infecciones los caudales económicos empodrecidos, declara el estado de excepción fiscal (“corralito”, si es menester) y reparte justamente responsabilidades, tanto en cuanto al delito como a la penitencia posterior. Al respecto de esto último huelga decir que en la resolución de la situación que padecemos todos tendremos que arrimar el hombro, aun no teniéndonos los muchos por los auténticos responsables de la hecatombe.
Un inconveniente de forzar la condonación es que el inversor se quedará sin lo comprometido, perderá la renta de sus activos -e incluso los propios activos- y acabará por declarar su propia ruina. El mayor de los inconvenientes es que muchos de esos inversores somos nosotros, los titulares de muchos depósitos de inversión en entidades infectadas que nos veríamos privados de nuestros ahorros, lo cual repercutiría de modo indirecto en el consumo, la recaudación fiscal (decae por tanto la inversión pública), y la recuperación de la economía (esto último convendría un análisis aparte, como ya vimos: recuperación de la economía o revisión del sistema económico?). La quiebra sería la medida destinada a la depuración de los mercados de las toxicidades que le otorgan los vértigos de los últimos años, pero no el remedio para la resolución eficiente de la problemática que, insisto, se apoya en principios errados que ni tan siquiera se antojan materiales, mucho menos económicos.
Resolver unilateralmente empréstitos es una medida de ultimo recurso, pero conforme avanza la crisis sin atisbo de solución más próxima y realista se muestra, y en la acometida de la misma todos somos partícipes. La amortización, hoy por hoy, no parece el camino a seguir. Lo más urgente es liquidar lo de todos a costa de todos, y los que antes nos creíamos inversores asumir el rol de deudores ya que el juego del capital, del cual nos beneficiábamos cuando nos tocaba ganar, no es más que tal, un juego en el que la derrota no parece ahora tan remota como antaño. En mi humilde modo de ver deberíamos prescindir de la queja para reconocer una penitencia, agachar la cabeza, y mostrar arrepentimiento de quién sabe se ha excedido.
En la bacanal especulativa se distinguían: los verdaderos inductores (los bancos, cajas, los grandes feriantes del dinero, los paraísos fiscales, los lobbies -las doce tribus-), los intermediarios (corredores de bolsa, pequeñas entidades, grandes y medianos empresarios –del suelo e inmobiliarios, en el caso español-, los embajadores de la codicia, los espurios avaros, alimañas varias…), y los ingenuos últimos, los falsos inversores –algunos hasta se creían inventores-, los engañados, los pagadores, y los que vengo en llamar “sueñosrotos” o autodenominados “indignados”. A nadie se le escapa la responsabilidad de los dos primeros, y todo el mundo exculpa a los terceros en liza, incluso son éstos los que exigen juicio a los que a sus ojos consideran los autores de la ruina, cuando a mi modo de ver también formaron parte de la fiesta del chivo, ora por acción, ora por omisión o completo pasotismo, ora porque en gran cantidad también recibieron bendiciones a tal respecto del propio sistema que ahora los devora. La gran mentira de este último cuarto de siglo fue la del “dinero fácil y para todos”, y tanto es culpable el que engaña como el que se ha dejado engañar e hipotecar.
Con la cartera llena (siempre llena a costa del Cofidis, obviamente) se han cometido todo tipo de abusos. Y el primero de todos es el “Estado de bienestar”, al cual se le había envilecido tanto el sentido que se le confundió con Estado del Despiporre. Se malentendió el susodicho al considerar “bienestar” un estado, no ya de holgura, sino de excesos. Y ni que decir que ni uno solo se interesó por recordarnos cual era el sentido propio del Estado del Bienestar, que no es otro que el de lo moral

