En la Edad Media peninsular, los territorios (con mayor densidad de
población en el rural) se repartían en dos grandes grupos: los señoríos de
realengo y los señoríos nobiliarios o feudales propiamente dichos.
A los primeros se les denominan de tal modo por estar bajo la tutela del
Rey, quién les otorga carta de libertad o fueros para que ejerzan con autonomía
(y en nombre del monarca) la recaudación de impuestos, la disposición de normas
y la mayor parte de las reglas de convivencia e incluso el reclutamiento de
hermandades (algo así como las primeras policías locales). Este tipo de
señoríos se suelen identificar en su mayoría con las ciudades (irrisorias por
aquel entonces, más villas que ciudades, pues el Medievo son casi mil años de
decadencia tras la caída del Imperio y el abandono de los grandes centros
urbanos hacia tierras rurales). Al propio Rey le interesaba tener bajo su
señorío cuantos más centros de realengo mejor para hacer frente a los
nobiliarios, y a las propias villas les primordiaba antes ganarse cuanto antes
mejor el favor real para así escapar de los dominios del señor de la comarca de
turno. Es por ello que las villas, reunidas en los primeros Concejos, formados
por representantes de todos los estamentos sociales (en teoría, pues en la práctica
tan solamente los “bellatores” –guerreros, al fin de cuentas los señores
feudales- y los “oratores” –el clero-, y
en menor medida los gremiales, tenían poder de decisión) se conformaron en
centros de conflictividad social desde bien iniciado el primer milenio.
Los señoríos feudales, a su vez, podían ser de dos tipos: nobiliarios y
eclesiales. De entre estos últimos cabe destacar a los obispos como importantes
señores, los cabildos catedralicios (el mayor y más importante de la España
medieval era el de Santiago) y los del clero regular (los monasterios, que
también dispusieron de mucho poder en Galicia). Los dominios nobiliarios,
aunque de menor número en Galicia, los regentaban, como no, Grandes e
hijosdalgo. Tanto los señores laicos como eclesiásticos pleiteaban de continuo
con el Rey por hacerse con mayor número de dominios (cabe recordar que el reyes
no lograron alzarse como únicos y verdaderos señores de todos los territorios
hasta bien entrado el s. XV, cuando los Reyes Católicos lograron imponer su
gobierno sobre todos los nobles tras siglos de luchas intestinas que
enfrentaron de seguido a las diferentes casas y linajes por poner y deponer y
por mantener las independencias lejos de injerencias de los monarcas y estirpes
señoriales rivales). Este tipo de señoríos contaban con la mayor parte de sus
dominios en territorios rurales, donde precisamente se reunía la mayoría de la
población, la cual vivía en régimen de vasallaje trabajando las tierras de
estos señores, entregando los tributos periódicos según el criterio del señor,
batallando a sus órdenes cuando este reclamara sus servicios, etc, a cambio de protección permanente al campesino,
muchas veces malentregada por los señores feudales en formas de malos usos y
costumbres, abusos varios y todo tipo de injusticias y explotaciones.
Junto a
todo tipo de derechos, el señorío feudal contaba con otro tipo de prebenda que,
si cabe, ejercía igual influjo que el dominio y propiedad de la tierra: el
señorío jurisdiccional. Éste, se basaba en el derecho que el propietario de la
tierra tenía para impartir justicias sobre ella. En ocasiones, se daba la
circunstancia de que dentro del dominio señorial se encontraba una villa bajo
realengo (sujeta por tanto únicamente a la justicia del Rey) y era ésta muchas
de las veces la principal razón de conflictividad entre la ciudad (y dentro de ella, el
Concejo) y el feudo, entre partidarios del rey y los que velaban por los
intereses del señor. En Ourense, como en muchas otras villas, la documentación
de la época nos deja sobrados ejemplos de las luchas entre el obispo de la sede,
pretendido dueño y señor de la ciudad, y el concejo de la misma.
Las torticeras maniobras de los señores feudales para con sus vasallos
plasmadas en, como así muestran los testimonios escritos, violaciones, abusos,
etc, llegaron a las diversas manifestaciones de revueltas campesinas que entre
los s. XIV y XV sacudieron toda Europa occidental. El pueblo, reunido en
diferentes Hermandades, se alzó contra la nobleza opresora. En gran parte de
los casos, estos alzamientos contaban con el apoyo (efectivo o moral) de los
reyes quienes, aprovechando la ocasión de poder subyugar el poder nobiliario
que los contravenía, no dudaron en alentar estas revueltas. En el caso de
Galicia, las Irmandades se rebelaron con crudeza contra los condes y marqueses
llegando hasta la prácticamente total desaparición de las casas nobiliarias
gallegas, con la quema de las fortalezas, ajusticiamiento de señores y la
persecución de todo testimonio personal o material de los mismos. Es aquí donde
los reyes de Castilla y Aragón, matrimoniados y en trance de la unificación de
los reinos, Isabel y Fernando, aprovechan la ocasión y decretan la “Doma y
Castración del Reino de Galicia”. Para ser más exactos, los monarcas aprovechan
el levantamiento popular contra los señores galaicos para hacerse un hueco en
el que imponer sus políticas de expansión y consolidación, y haciendo causa con
los sublevados no desechan la oportunidad de ir colocando en aquellas plazas
nobiliarias de Galicia donde iban cayendo sus cabezas a nobles de orígenes extranjeros,
principalmente castellanos, fieles a sus doctrinas centralistas, castrando por
completo cualquier atisbo de autonomía política señorial gallega y aniquilando
ya para siempre los anhelos de independencia de los mismos. Un ejemplo reflejo
de estos acontecimientos de la Baja Edad Media gallega y de las maniobras
políticas de los reyes españoles para decapitar de una vez por todas la
autonomía del Reino de Galicia es el caso del Mariscal Pardo de Cela, de quién
recomiendo una lectura imparcial (y bien documentada) de su vida y hechos para
lograr entender con aproximación todo lo aquí relatado y expuesto.
El pueblo gallego de aquel entonces, y como hoy en día, colabora,
consciente o insconscientemente, con el invasor castellano. Son ya quinientos
años de decapitación de todo intento de Rexurdimento idiosincrático,
idiomático, cultural e identitario. Quinientos años de oscuridad bajo la sombra
castellana.