La más transparente forma de gobierno y la más leal al
contrato social, aquella en la que prevalece el juramento sobre la promesa, esa
es la Monarquía; siempre y cuando su Rey reconozca que la soberanía es del
súbdito, que sin súbdito no es príncipe, y siempre que el súbdito asuma su
deber de educar correctamente a su futuro monarca. Un pueblo digno engendra
reyes dignos
Sabean todos quantos esta carta vyren et conosçuda cousa sega como nos, Ge de Gol, fillio de terras entre Souto co Ceo et o lugar de Valdodemo a esto que dito he presente foy et esta carta escribeu et aquy meu nome et meu sinal fiz et miña razon din
domingo, 29 de septiembre de 2013
sábado, 28 de septiembre de 2013
viernes, 27 de septiembre de 2013
La razón es herramienta sine qua non nuestra meta sería
inalcanzable. Pero no orillemos, sin embargo, el protagonismo del instinto a un
segundo plano. El instinto nos aporta la animalidad suficiente para sobrevivir
a los embites de los “perfectos”, los que se jactan de poseer el poder y lo
inherente a él: sabiduría, genialidad y futuro firme. El instinto esconde el
poderío. Con el arrojo impulsivo del instinto -ese que los que hoy detentan ese
“poder” hacen asignarle los apelativos de “bestialidad”, “aberración”,
“inhumanidad”, y otros de similar calibre- se cimienta el otro devenir, el que
elevará al hombre sabio y animal sobre todas las cosas que de siempre gozaron
de tacto, visibilidad y audibilidad para nosotros, aquellas que esconden la
respuesta del acertijo. Izará a aquellos sobre los otros, a los hoy bajos sobre
los hoy encumbrados, a los caducos sobre los eternos. Intentaremos crear del
esclavo al dios. Someteremos a tormento a quién desde tiempos seculares nos
somete bajo el yugo del miedo y la imposibilidad de conocer y saber más.
jueves, 26 de septiembre de 2013
MÍA
Te la cuento pues. Existió hace tiempo, en una epoca
donde el amor a lo misterioso era necesidad y obligación, donde la vida misma
no tenía sentido en la misma tierra y donde la verdadera busqueda de la
verdadera verdad centraba toda logia y esfuerzos de los más de los eruditos de
por aquellos entonces. Un tiempo donde no había cabida a la reflexión pues ella
estaba prohibida y condenada si no era frecuentada dentro del marco divino y
extraterrenal, lugar preciso de legitimidad en la procura de la respuesta a la
gran verdad. Prestos a ello, a la busqueda de la anulación que, supuestamente,
padecía la vida terrena plena de la gran mentira, estaban los sabios monjes del
tiempo que narro. El monje dedicaba toda su fuerza interior en el sondeo de su
propia alma, acechando a cualquier victoria de las mentiras, pasiones,
desenfrenos no merecedores de ser buenos compañeros en el camino hacía la gran
verdad. Esa gran verdad, hacía ya siglos que se había convertido en personal,
humanamente inventada, surgida de la nada. Esa verdad se llamó Dios y a su
unión con el se dirigian por entonces multitud de hombres que, alentados por la
propaganda de la epoca de la santificación del alma y la “corderización”del
hombre, ingresaban en conventos y cenobios, hogares estos de todos aquellos que
intentaban cazar aquella gran verdad para a ella unirse y contentar así una
vida terrena despreciadamente mal vista por esa gran verdad compensandola con
la gran promesa de un mundo nuevo y mejor.
Pero, he aquí que a uno de esos sitios de meditación y
recogimiento, acercose un hombre que solicitó su ingreso en aquella de entre
tantas comunidades “cazaverdades” que tanto proliferaron en la epoca. Tras
hablar con superiores hombres de la comunidad tal, se le aceptó su demanda de
ingreso y durante veinte años practicó toda clase de abstenciones, acató normas
y costumbres de la colectividad que lo acogía, trabajo entre los demás con el
mismo impetú que el resto por buscar purificar su alma impuramente llegada en
su día a la comunidad monastica y tanto en esto como en el trabajo fisico se
mostraba siempre cauto, cumplidor y recto entre sus compañeros de encierro.
Oraba en su momento indicado y no pareció nunca susceptible de padecer
tentaciones.
Y el monje ilúmino respondio: “yo no amo a Dios, yo
odio a sus hijos”. Ilúmino por ser ausencia de luz dirigente en su camino,
ilumino por ser el mismo candela de si mismo, fuente de luz en su propio
padecer, regocijo.... El monje ilúmino se une a Dios y mira desde la misma
prespectiva desde la que Dios mira a sus hijos, no comparte su poder, es más,
lo maldice, pero de su parte esta al ser amante de los hombres pero tambien su
más fiel enemigo.
(...)
Y paseé mi pureza por las calles, sin más abrigo que el
abogado que me había de, no excusar, sino defender ante las condenas, que
serían multiples, de las miradas inquisidoras de los extraños; ese defensor no
sería más que yo mismo. Con decisión afronté mi primera prueba, mi primer
examen de conciencia. Me enfrenté a las burlas, los desprecios de la gente que
atonita descubría la situación. Una situación extravagante para ellos,
denigrante y vergonzosa. Aquellos, reían por mi osadía, los otros valoraban mi
valentía, estos, me exhortaban al minimo de pudor y decoro. Todos, riendo,
negandome, acusandome, me veían. Había logrado ser el foco de atención y
mientras nadie se decidiese a denunciar tal situación ante las autoridades
competentes yo debía exponerme con celeridad. Yo debía, pues esta era mi
voluntad y así se me ordenaba. Caminaba con la cabeza altiba, orgulloso del
modo ante el que acudía a la sociedad aquel día: puro, limpio, sincero.
-¡Oidme vos, los que se ocultan bajo prendas y se
avergüenzan de si mismos!-grité al tiempo que me elevaba en la madera de un
banco de un verde y urbano jardín, con lo que quedaba en exposición todavía más
a las diversas miradas sorprendidas- ¡Escuchad a este pobre pero sincero
ciudadano que os dirige su pálida piel, pues con ella me muestro en claridad y
verdad ante vuestras personas!.!Permaneced atentos a mis palabras que como
testimonio de este ser pretenden llenar vuestras orejas más que lo que mis
vergüenzas lo hacen en vuestros ojos!
La masa de gente que se agolpaba paulatinamente creía
estar ante el espectaculo más bochornoso que el teatro ambulante podía ofrecer
y, a marchas forzadas, pues mi cuerpo causaba mas risas que admiraciones,
lograba la muchedumbre prestar audición a mis palabras no sin lanzar alguna que
otra ocurrencia al aire tratando de amonestarme, animarme o sonrojarme.
Proseguí.
-Como un susurro vino a mi hace tiempo un duende
extraño. Se me adhirió a mi subconsciente como el amigo que busca consolarte a
cambio de favores y pidióme ser compañeros del camino a la muerte. Involuntariamente
me ví forzado a aceptar su nunca demandada compañía pues no puedo negar que
insistió en ello hasta la saciedad como tampoco puedo renegar de la enorme
falta que me hacía un camarada por entonces. Con todo ello, inicié junto a él
el largo camino de la vida. Y he de admitir que nació en mi interior la semilla
que desea ser sembrada en mi corazón desde que obtuve por compañero de espíritu
a este extraño ser. Día a día. Si antes yo hacía nada, ahora hago todo y más.
Descubrí que el gélido aliento que mi boca escupía se hacía brasa. Y quemaba.
Mi silencio convirtiómelo su compañía en alboroto, mi sueño diario en insomnio
incansable, mis pensamientos en ríos de sabiduría y voluntades. Entronó mis
ilusiones él, ese inesperado compañero de vida. Rescató de la prisión mi ego y
lo sometió a entendimiento, sapiencia, fuerza, vitalidad, poder... Confióme el
secreto de todo guerrero y me preparó para la lucha. Y yo no le defraudaré,
pues de mi espera él arrojo, decisión y valentía.
¡Y he aquí que me tenéis, presto para enfrentarme al
que ose medir su yo contra el mío!. Temed todos mis voluntades, pues ellas
pueden ser las más macabras e inhumanas pero también las más constructivas y
deseables que jamás hombre en la tierra se dignó a llevar a cabo. ¡Ya basta! !Ni
Dios ni su secuaz hombre! Yo soy el todopoderoso y me hago llamar “HOMBRE”. Yo
confío en ellas, en mis voluntades, mis deseos y sueños. Me apoyo yo en ellas
pues son las que alimentan mi poder y mi conciencia que por otro lado es
suprema, está por encima de las vuestras, las hipócritas e ignorantes.
Fomentó el animo en aquel mi discurso la bien parecida
atención que muchos de los oyentes prestaban a mis gestos y palabras, mientras
otros se mostraban reacios a ofrecer sus oídos a mi, pues bastante tenían con
mofarse de mi nudismo. Tomé oxigeno.
-Yo soy YO. -continué de este modo- Y yo os desprecio
por vuestro vivir. !Colectivizados! Asco me producen vuestras caras de inmensa
felicidad, asco me dan las costumbres vuestras, asco y repulsa me dais en el
útero de vuestras madres, y en vuestras tumbas, pues no dejáis de ser los
mismos: hombres resignados. Resignados a vivir estancados en donde hace siglos
aprendisteis a usar las manos y con ellas vuestro cerebro, donde empezasteis a
conoceros y enorgulleceros falsamente.
Oid el susurro. En él no hay palabras cobardes ni
intenciones pasivas, solo voluntades, ilusiones, cambio. ¡Atended, escuchad!
Silencio. Las gargantas de los oprimidos, las carcajadas de los opresores
felices. ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Cobardes! Haga en mi este aliento carne las
voluntades, trueque el sueño en realidad. Temed mi ira, pues es ella la que
alimenta mi poder. Vos, los orgullosos; vos, los impíos; vos, los
calumniadores, los soeces, los bárbaros humanos: ¿a dónde os dirigís, cual es
vuestra meta? No sabeis, pues sois pasto de la ignorancia. Dejadme a mi; yo os
mostraré vuestro futuro: pequeño y pasado, caduco. Continuais rebozandoos en el
barro que durante tiempos cegó las miradas de vuestros antepasados, y seguís
suplicando a las alturas la lluvia, esa lluvia que fomenta el barrizal en el
que os sumergís. Puesto que en mucho os asemejo a las cerdos os dejo en
vuestras piaras, ya que en ellas parecéis dichosos y jactanciosos. Mas yo y el
susurro, de ellas huimos. Nada quiero saber ya de vosotros. No os pretendo
discípulos, ni creyentes, ni fieles o compasivos, solo deseo rivales con los
que medirme sin leyes que amparen nuestras cobardías y sofoquen los fuegos que
de mis entrañas manan y mis sentidos carbonizan. Y serán esas llamas las que
enciendan las hogueras de las voluntades de quién ose a mi enfrentarse. Y esas
voluntades se medirán a las mías. Acudid con vuestro dios al reto, ello será
por mi bien recibido ya que es él el que os llevará al apocalípsis y yo seré,
aún sin haber desenvainado la espada, el vencedor, el poderoso, el que crea las
maravillas, el conquistador de los cielos, el desfacedor o tejedor de sueños.
Soy el arbol del que emanan jugosos los frutos de mi devenir. A mi llegan todas
las fuerzas y sentimientos. Me hacen llamar “el hombre de los grandes sueños”.
Mis retinas fijaron la percepción al fondo del grupo
humano que atendía mis palabras y gestos, allí donde el gentío hacía pesar más
su desinteres por la escena y marchaba decidido a su objetivo personal más
inmediato no sin enviar, como por cumplido, una pequeña vista hacia mi desnuda
imagen de mártir. Entonces, mis ojos toparon con los suyos; mostraban sorpresa
e incredulidad, vergüenza ajena, trastorno. Tras un tiempo en el que yo,
turbado por hallarla allí, viéndome, y ella, confusa en la situación
denigrante, entristecidamente sola como se encontraba, nos miramos fijamente,
decidió ir en mi ayuda. Socorrió como el que socorre al cordero acechado por el
lobo hambriento, abriendose paso entre la multitud de burlas, comentarios de
repulsa y desprecio, hacia donde yo estaba. Aquel era el gesto que desde que
nuestros sentimientos se cruzaron por primera vez había estado esperando de
MIA. Mostró su ego la valentía que lo enchía, pues declinó tomar huida ante lo
que vió asomado entre decenas de cráneos que se agolpaban en un lugar de aquel
jardín público, y valerosamente ejerció de diosa a la ayuda del héroe. Llegó a
la altura del escenario y me suplicó casi en lagrimas.
- Por favor, baja de ahí, de tu púlpito y rehusa
mostrarte débil e indefenso –dijo casi susurrando, quizás intentando evitar que
sus palabras alcanzaran oidos ajenos.
Me quedé mirando sus perfectos rasgos faciales.
Descendí de aquel banco de calle e inmediatamente ella arrojó sobre mi blanco
desnudo su abrigo del que fugazmente se había despojado al intuir que mi
rostro, dispuesto a atender su súplica, se tornaba culpable y mis pies me
clavaban en tierra firme. Los individuos, aquellos que durante pocos minutos se
me habían convertido en parroquia, observaban el capitular de mi yo ante MIA,
impávidos; y durante esos segundos acallaron sus risas y críticas.
Rápidamente, casi corriendo, ella me arrastró entre la
muchedumbre que giraba sus cabezas tras nuestros apurados pasos, asiéndome por
los hombros. Su cabeza altiva. Sentí que le había defraudado y avergonzado
públicamente, y no me perdoné el haberle faltado de aquella manera. No era
quién, mientras nuestros pasos acelerados procuraban escapar de los ojos del
prójimo, de mirarle a la cara. Imaginé, aún así, que su expresión denotaría
enfado. En el trayecto a nuestro hogar no me dirigió palabra, puede que, aunque
quisiese, no encontrase alguna para describir, censurar, quejarse o culparme
por aquello que contempló, o quizás llegase a la conclusión que yo no merecía
un solo gesto de atención.
sábado, 21 de septiembre de 2013
jueves, 19 de septiembre de 2013
miércoles, 18 de septiembre de 2013
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