Cuando todo tu prójimo se convierte en deudor tu te
conviertes en su único aval, es decir, un deudor de tercer grado. El primer
adquiriente de la deuda es el que consigna su aceptación y disfruta del
producto (que, casualmente, pierde generalmente su valor de modo progresivo
desde el inicio de la contracción de su préstamo –pensemos sino en el mismo
término: Préstamo, algo que una vez prestado deja de ser nuevo). Si el primer
grado que contrae la deuda no hace frente a sus plazos ésta bascula al
siguiente en estadio: el Estado como segundo acreedor, pues al faltarle
liquidez al contribuyente la Hacienda pública no exige más de lo que los
balances dan de si y, por tanto, el Estado ingresa menos, con lo que no puede
acudir a pedir pasta en las subastas de deuda, pues no cuenta con unas cuentas
de ingresos previstos de progreso, sino mas bien de declive, y, así, paga más
por el dinero que le prestan, dinero que muchas veces tan solo está destinado a
devolver intereses de deudas publicas adquiridas en el pasado con vencimientos
presentes, por lo que el Estado entra en la llamada “deuda flotante”. Puesto
que el Estado –en parte, y en teoría- somos todos, todos debemos en tercer
grado. Esto tiene sus consecuencias: reducción de gasto social, desaceleración
de las inversiones públicas (sin contar con el sambenito de siempre en España:
falta de iniciativa privada que supla al Estado, complementándolo, y no
convirtiéndolo en su enemigo a batir y/o eludir), devaluación inmobiliaria -y,
al tiempo si no se pone remedio, también mobiliaria (si no espabilamos los
carroñeros se llevarán hasta la Catedral de Santiago piedra a piedra a Texas, o
peor aun: que la destruyan o profanen vengándose, por lo de Salomón, ya
sabeis)- devaluación del capital humano (los altos índices de paro pueden
pretenderse una maniobra premeditada: mano de obra barata). Por cierto, lanzo
desde aquí un órdago a cualquier docto en leyes para que meditemos al respecto
de la posibilidad de considerar esta crisis una suerte de Esclavitud, sobre la
que ya habíamos considerado en el “…Nadie estará sometido a esclavitud ni a
servidumbre…” de la Declaración de los Derechos Humanos.
Cuando todo tu prójimo, que es precisamente
el Estado del cual además… ¡cuidao: si eres cotizante o has sido recientemente,
eres pues un inversor en Estado, por lo cual si a este le va bien a ti genial,
pero si le va mal…! Cuando este Estado, decía, tampoco puede hacer frente a no
solo su propia deuda pública, si no también la privada (cuando una gran empresa
inmobiliaria quiebra, los impuestos que pagaba por su crecimiento –rápido, muy
rápido- deja de ingresarlos la caja pública, por ende los balances del Estado
previstos lo convierten en deudor en segundo grado de la deuda de todos) el
propio Estado
Fijaos, porque siempre hablo de deudor y
apenas empleo el término acreedor. La razón es porque la diferencia entre
deudor y acreedor no existe :P Yo, como contribuyente, adquiero un crédito que
no consigo devolver (mala gestión, mala suerte en los negocios, me lo gaste en
putas y coca… en lo que sea). En muchas ocasiones Hacienda te está exigiendo un
pago por un lado y por el otro te reconoce que está en deuda contigo (primer
ejemplo de la difusa línea entre deudor-acreedor). En casi todas las hipotecas
concedidas en España (muchas desde Cajas de Ahorros –dinero de todos-) quien
realmente te estaba prestando el dinero no era el banco. Éste solo ejercía de
intermediario, con su comisión usurera, obvio; era el pequeño inversor que tras
otra Caja de Ahorros había hecho un depósito a cierto plazo que a su vez entro
en un paquete accionarial que fue comprado por la caja de ahorros que
casualmente te concedió a ti el crédito, crédito que, vaya… a veces hasta trae
la dirección del grupo matriz que opera con volúmenes ingentes de paquetes de
activos que muy posiblemente paguen impuestos en paraísos, con lo que evaden
sus obligaciones y, por tanto, adeudan a todos y, como no, también a mi, sí el
que se lo gastó todo en putas y coca, pero mientras he tenido liquidez he
cumplido como contribuyente. O eso dijo Hacienda en la época de vacas gordas
(otro ejemplo de la difusa línea entre acreedor-deudor)
Mira a tu alrededor. No le debes nada a
nadie. Que no te lo hagan creer asi.