Acaso nadie
reparó en que tal vez hayamos actuado estúpidamente al otorgar sin fundamento
lógico una sobrevaloración al mineral oro? Se trata de un error de siglos. El oro
es la primera piedra sobre la que el ser humano tropezó y tropezará
repetidamente, empleándose como medio de transacciones o su equivalente, la
moneda, también como arma de incendio de
maderas y conciencias, o como primera piedra de castigo arrojada sobre las
grupas de los supuestos pecadores.
Icono
de idólatras, los del vellocino, al oro se apela por su escasez en la
naturaleza, que es la que lo ha condenado a ser codiciado por la inmensa mayoría
de las civilizaciones a lo largo de los tiempos y que, sea de modo en origen
(empezó a ser considerado valioso en el Antiguo Mundo –primeras civilizaciones
mediterraneas y mediorientales-) o en modo impuesto (recórdemos que para los
nativos americanos el oro apenas era considerado mas allá de objeto de asunto
suntuario –al mismo nivel que las vasijas de terracotta para enterramientos en
el Viejo Mundo-, sin apenas valía, aunque no al alcance de todos). Cabe preguntarse
el porque no se le calibra de igual modo a otros fenómenos naturales que, aunque
no brillan por su ausencia como el oro, sí por su misterioso origen.
Suena a
fracaso que siendo una exhortación a lo más trascendente del ser humano, como
es la obsesión por lo extraño y por lo ocasional, muy vinculado este ultimo al
origen de los credos, se presuma luego con él y se le asigne al lado racional
del hombre e incluso se le permita elucubrar encima de él -y jurando sobre él-
cálculos y teorías propias de una ciencia exacta. Recurriendo al refranero
popular (ciencia a veces tan exacta, pues deriva de la propia experiencia), el “si
la mierda se cotizase los pobres nacerían sin culo” se asemeja mucho a lo
cierto en tanto en cuanto el alto valor que se le da al oro es un valor
asignado aleatoriamente desde una razón que, a poco se reflexione sobre ello,
se deja por momentos seducir por la vertiente metafísica del ser humano. Es tan
escaso el oro como un plato de comida caliente en épocas de miserias; porque
entonces algunos humanos optarían por elegir el mineral antes que saciar una
necesidad de primer orden? Y si la decisión del otro es la contraria y opta por
un buen yantar caldo, porque en épocas de abundancia el metal brillante sigue
siendo objeto de codicia para la inmensa mayoría?
No es
acaso una frivolidad cercana al escarnio el hecho de que el mayor anhelo humano
sea la acumulación de oro y, lo peor, que su prójimo lo tenga por hombre de
poder?