martes, 19 de junio de 2012


<<¡Lástima, una arruga en la espalda!>>. No importaba, aquel traje fue una de las decisiones más congratuladas que había tenido en su vida; lo escogiera con tal tino que el propio empleado de la tienda textil, asombrado por la exactitud con la que en su cuerpo cuadraba, jamás había conocido coincidencia semejante: <<Asombroso, parece haber sido compuesto exclusivamente para usted, caballero>>. En fin, que una arruga en la parte posterior del blaiser venía a conjugar en simetría matemática con las que empezaban a asomar en su rostro cuarentón. La combinación de pliegues le harían parecer una barroca pieza esculpida en el retablo de la madurez, esa madurez que emerge reclamando ya su candidatura al gobierno de las voluntades de la vida. Con el perfume buscó, no obstante, escapar del exceso: deber es el buscar no resultar discreto, pero tampoco encontrarse con el rechazo y la pedantería de la pituitaria. Observose en la superficie pulida, viose, sintiose, y creyose imponente, y salió a dar a conocer el desborde de su persona. Había dejado de llover.