viernes, 19 de octubre de 2012


Lucía colgó el teléfono inalámbrico presionando la tecla de rigor con evidentes muestras de meditación difusa. Llevó la antenilla plastificada a su boca, y mordisqueó la prominente bolita de su extremo en el gesto impávido del que rumia en lo gris de su cerebro el asunto que permanece inconcluso, pendiente de la duda de la indecisión. Se dejó caer de golpe sobre el sillón del salón, y tras la ventana observó el batir de la lluvia estival en la terraza, y como las enormes y robustas plantas de su madre parecían pelearse por beber de lo que del cielo descendía, tal como sedientas mujeres extraviadas en el desierto. La felicidad en deflagración demostrada por su hermano mayor al conocer la nueva de su casamiento no contó con la suficiente animosidad como para transmitirle el júbilo a ella quién, embargada por entera con esa maniquea visión sobre el resultado último de toda decisión por ella tomada, fiel a sus miedos al fracaso continuaba, a pesar de sus ya treinta y dos años cumplidos.
Lucía siempre fue luz para los suyos y penumbra para si misma. Bajo el manto de canela que teñía su cuerpo, bello, dócil, causa y consecuencia de la locura de cualquier hombre, y la azucarada expresión de su mirada azabache, la niña de la que lamentables discursos surgían entre sus allegados cuando su ausencia en lugares se mostraba no lograba hallar la decisión última, aquella que hubiese de permitirle pegar ojo noche tras noche convencida de haber alcanzado la suma voluntad, lo que su corazón realmente requería. Camino de los treinta y cinco, temía caer en el mismo pozo que su hermano, ese agujero de soledad sobre el que muchos y muchas hacen caer las cuerdas del falso auxilio, muchas de las cuales se transforman en la soga del asfixiado, cuando no en la que maniata e impide el movimiento de querencias. Luis le estaba tendiendo ese socorro, y ella aceptaba ser extraida del pozo de la incertidumbre sempiterna. Mas, como era costumbre en ella, Lucía sospechaba de la sinceridad de su prometido; temerosa creíase de que, una vez lograse alcanzar la boca del pozo, desde ella él le diese ese beso para luego volver a dejarla caer en el abismo de lo inconcluso, de la duda enquistada, de lo nuevamente fugaz. O aún peor: que fuese ella misma la que del fondo no quisiese nunca extraérsele, aceptando declararse culpable para atenuar así su desgraciado y apenado hacedor de latidos.
- Cariño, ¿cenarás aquí esta noche?.
- No, mama. Luis y yo quedamos con unos amigos suyos para comentarle la noticia. Cenaremos fuera; vendrá a buscarme dentro de poco.
- Esta bien, hija, como veas.
Lucía miró a su madre. Su madre vio esos ojillos negros quejarse, le tomó una mano entre las suyas, y luego le izó el rostro compungido elevando su barbilla.
- Tu padre está preocupado, lo sabes, ¿verdad?
Con brusquedad, Lucía arrancó de las manos de su madre la suya propia y le dio la espalda simulando descafeinar la supuesta desolación de su progenitor.
- Ay, mira mama, no me comas la cabeza. Papa siempre se excedió impetuosamente en preocupaciones para conmigo. Soy mayorcita y se lo que hago. Procura extirparle de su mente la agonía que padece sin motivo alguno.
- Lucía, esta vez tu padre tiene motivos para preocuparse. Tu aventura anterior no fue, que digamos, para creer en tu madurada capacidad de decisión.
- Mama, déjalo ya, ¿vale?. Luis me quiere como nadie, me aprecia muchísimo, incluso más que papa y tu juntos, está decidido a hacerme feliz, y le creo, y punto, se acabó.
Entre ambas reinó el silencio por unos segundos. Lucía sabía ya cual era la siguiente pregunta de su madre.
- Pero, ¿y tu, Lucía?... ¿le quieres?
Inoportuno para la madre, pero muy adecuado para la hija, el estridente sonido del portero automático del inmueble interrumpió la conversación que ambas mantenían. Con celeroso ímpetu, Lucía urgió el reclamo que desde la entrada al edificio se enviaba, y con la audacia de quién escurre el bulto lanzose a contestar la llamada. Su madre, abandonada por su hija en la preocupación, permaneció mirando por la ventana sus plantas semi-arbóreas: <<No les es bueno tanta agua, hay que meterlas en el patio interior>>, pensó para si.
- Es Luis –dijo Lucía tomando su bolso del tresillo- Me llevo un paraguas, ya te lo traeré.
- Lucía...
- ¿Qué, mama? –respondió fingiendo hartura.
La mujer, en su quietud física y verbal, pareció estancarse. Al fin, logró desembuchar lo que a presión contenía en su mente.
- Yo también te quiero mucho, hija.
- Claro, mama, eso nunca lo dudé –y ambas se fundieron en un abrazo- Os mantendré informados. Adios.
Luis aguardaba fumando un cigarro apoyado en el capó del BMW. Vestía un pantalón color crema y una cazadora primaveral a juego sobre una blusa blanca de corte oriental que le dejaba parte de su varonil pecho al descubierto. Cuando vio llegar a Lucía, despidió el pitillo a medio terminar y se dirigió hacia ella para fundirle un beso en sus labios. Tras la salutación, a medio camino entre lo protocolario y lo forzado, él se encamino presto a entrar en el automóvil; Lucía, quieta y estupefacta, contó ésta como la enésima vez en la que Luis no tenía un gesto para con ella, un detalle que refrendase el afecto que hacia su persona guardaba, un gesto tal y como el abrirle la puerta de entrada al vehículo como el que placenteramente recibe el agasajo esperado. Nuevamente, tuvo que ser ella misma la que se honrase imaginando ser la dama complacida, abrió por sus propios medios la puerta, y entró. El motor del BMW rugió, y la pareja partió rumbo a la cita acordada.
- ¿Qué tal todo, pequeña? –estaba harta de que la tuviese como algo necesitado de cobijo y consuelo.
- Pssss, como siempre.
- ¿Te encuentras bien?
- Sí, Luis, sí, estoy bien, no te preocupes.
En tres minutos no se dirigieron la palabra. La ciudad bullía por las cuatro esquinas, la gente en la calle parecía aprovechar la pequeña tregua que la inoportuna borrasca veraniega le ofrendaba, y correteaba de un lugar a otro presa de las prisas y las paciencias olvidadas. Los claxons de los coches ponían énfasis en lo alterado del ambiente y saturaban los tímpanos de pitidos que permanecían en los oídos como los ecos de las sirenas míticas, llamando al mundo a la bacanal festiva, a la feria de lo vanidoso, a la verbena de las irascibilidades. El asfalto mojado ponía brillantina a las ilusiones de la muchedumbre.
- ¿Cómo se lo han tomado? –le preguntó a Lucía.
- Papá no estaba en casa. Solo se lo dije a mi madre. Avisó también a mi hermano.
- Y tu madre, ¿qué ha dicho?
- ¿Qué va a decir? Con el apoyo de mi madre siempre contaré, es una santa. Lo peor es mi padre, ya sabes.
Luis posó una de sus manos sobre el muslo de ella.
- Tranquila, tendrá que aceptarlo tal y como viene. Lo entenderá, seguro.
- No lo tengas por tan seguro. –le reclamó Lucía sin desviar la vista de lo que por su ventanilla observaba.

En el exterior del coche comenzaba a llover de nuevo. Los chubascos estivales son de los más molestos que existen, ora caen con brío sobre las cabezas caldeadas de las sufridas gentes, ora cesan su ímpetu y permiten el escarceo tímido de los rayos de sol entre el manto gris de los cumulonimbos. Este agosto estaba siendo menos común de lo que las leyes estacionales rigen; eran ya casi quince las jornadas en las que el calor era lo extraordinario, y las precipitaciones y borrascas profundas, lo más corriente. Sin embargo, tanto la humedad relativa del ambiente como el termómetro, hacían posible no excederse uno en el abrigo, y sí permitirse el lujo de caminar con ropa veraniega bajo un paraguas invernal. Lucía odiaba esas contradicciones meteorológicas.
- Luci... ¿en que piensas? –se preocupó su prometido. Ella, sin embargo, correspondióle con un sucedáneo <<Nada>>.- Dame un cigarrillo, anda.
- No tengo más que uno, hay que comprar ahora, ya sabes que en el restaurante ni venden, ni dejan fumar. –dicho esto, tomó el último de los cigarros que le restaba, y lo prendió.
Luis detuvo su marcha en la primera ocasión que tuvo para divisar entre lo espumoso del ambiente exterior un estanco expendedor, le pidió a Lucía prestado el paraguas, y se dispuso a satisfacer los vicios de ambos cuando ella, asiéndole el brazo con su frágil mano, lo retuvo en su salida.
- Luis...
- Dime.
- Le he comentado nuestro próximo compromiso a mi madre, pero nada le dije sobre nuestra cercana paternidad.
- Oh Lucía, por Dios. ¿Por qué no lo has hecho? –Luis se percató de la situación ilegal en la que había detenido su vehículo, y saliendo de él con el paraguas abierto tomó la “sana” encomienda de relegar a su vuelta la conversación con Lucía.- Ahora vuelvo y hablamos.
Justo cuando extrajo su persona del BMW arreció la lluvia como hasta nunca lo había hecho durante aquellas dos semanas de ininterrumpidas descargas pluviométricas, con fuertes rachas de viento que inútiles convertían los paraguas. Llegó al otro lado de la calle casi en la más completa de las anegaciones, con sus impecables pantalones color crema mojados hasta la rodilla. Bajo los salientes de las fachadas –lugares más que privilegiados para cualquier precavido que osara poner pié en la calle tal día como aquel-, los escasos portales que permanecían abiertos, las marquesinas de las paradas de buses, y las bocas de metro, la gente se agolpaba profiriendo toda clase de maldiciones, exclamaciones aterradas, y santiguándose de cuando en vez convirtiendo aquellos momentos en los mismos que sucedieron a la crucifixión de Cristo en el Gólgota. Un rayo de luz, como si del flash de una instantánea se tratase, iluminó los rostros de los personajes que recogidos se mantenían a resguardo durante un segundo, justo cuando Luis hacía entrada en el estanco. A continuación, un estruendo ocupó todo el espacio que por ocupar había en aquel momento. El sonido recorrió la calle, penetró en todos los portales, ascendiendo como una indiscreta visita por las escaleras, entrando en las viviendas, en los oídos de los hombres y mujeres que en el exterior había. El gentío profirió toda clase de gritos, alabanzas, alguno chilló de alegría. Luis fue consciente de que era el primer tronar que había escuchado en seis meses; el primero, y el más escalofriante.
- Me das dos de Chester, por favor.
- Son cinco treinta. –el mozo que atendía el estanco era manco, sin embargo parecía ducho en su imposibilidad, y flirteó con el cambio con la destreza de quién pueda tener tres extremidades y se jacta de ello, de su anormalidad.- Menuda que está cayendo, ¿no?
Luis no le correspondió al comentario, huyó del local como quién aterrorizado escapa de una bestia abominable. De lo que pretendía extraerse era, sin embargo, de sus propios pensamientos, de lo cruel que estaba siendo Lucía con él, y consigo misma. Al inicio del camino era imposible atisbar la meta a alcanzar, por tanto, Luis no creyó necesario ni tan siquiera emprender la afrenta del caminar.
- Hasta luego, ¿eh? –dijo el mozo con retranca tras la barra que lo separaba del prójimo y que lo mantenía cerca de los vicios de aquel mismo.



miércoles, 17 de octubre de 2012




Esta indecisión me molesta
si no me quieres librame
Dime que tengo que ser
sabes que ropas me quedan?
Me tienes que decir
me debo ir o quedarme?

Yo me enfrio o lo sufro

Yo me enfrio o lo sufro
yo me enfrio o lo sufro
Si me voy va a haber peligro
si me quedo es doble
Pero me tienes que decir
yo me enfrio o lo sufro



viernes, 12 de octubre de 2012


-¿Y ahora que?. Ahora, ¿nos seguiremos conformando con la resignación para calificar nuestra existencia, una inexistente existencia?. -proseguí a ritmo de contrabajo-  Yo no deseo ver más a ese hombre bajo el poder del baculo justiciero de un dios, un hombre sumido en la deseperación por alcanzar el tesoro de los “justos”, como desespera un perro que se humilla al amo para obtener de él alimento o gracias. Las gracias divinas acabaran por eliminar al verdadero ser humano: el hombre en potencia.
-¿Qué es el hombre en potencia? -demando ella sin desviar la vista de la gran nave que se alzaba sobre el baldaquino papal. “Esto solo significa que MIA acoge en su mente lo que como chorro de fuente que sale incesante”, me dije. Y ello me animaba a proseguir y conformar su deseo de sapiencia.
-Es el animal más el hombre. Sin más adjetivación. La bestia que hará del dios una nimiéz. Es la voluntad suprema encarnada y encolerizada contra todo aquello que la obstruya; en realidad nunca habra algo que ose frenar su ascension, pues el hombre en potencia es la representación de la crueldad. Sí. La crueldad, pero cruel con lo que no suponga superación y si con retrogación, cruel consigo mismo sera el hombre magno si sospecha de que su alma se inclina jugandose con ella su cuerpo hacia el abismo, el abismo del miedo, la cobardia. Ese gran hombre tendra valor con letras de oro, y con letras candentes marcara sus victimas, las debiles y marchitas. Su poder abrasara a otros poderes, muchos de los cuales gozan de prestigio en estos dias que nos estan tocando vivir. ¿Qué jurado humano sera capaz de condenar lo que con tanta voluntad se erige bajo el estigma del delito?¿Quién, que, como , cuando detener a lo que con la fuerza de una mente se alcanza?. Puesto que eso es el hombre en potencia: fuerza consciente de si misma, ¿quién osara hacerle frente?.