domingo, 19 de septiembre de 2010

Dentro de una caja había dos de ellos, apenas sin espacio. Uno le dijo al otro: “Ayúdame”, el otro le respondió “Sal de aquí. Solo entonces te ayudaré”. Otro grupo de iguales permanecía de pie, mirando hacia el cielo, impasibles, hieráticos. Uno de ellos dijo: “No hay nada”; otro contestó “Está ahí”; aquel habló “Negadlo”, un cuarto exclamó desesperado “No puedo dejar de mirar hacia arriba”. Otro, alejado del resto, sentábase sobre una roca, y se levantaba de ella, volvía a sentarse, y de nuevo a levantarse, y otra vez a sentarse, y a erguirse. Me fijé en su rostro: no tenía ojos, ni boca, ni nariz; únicamente oídos. Dos más, a mi izquierda, arrastraban el cuerpo inerte de otro en círculo, sin detenerse. En lo alto de un acantilado permanecía uno en constante y delirante danzar demoníaco. Profería gritos como una bestia encolerizada, aullaba. Se detuvo en su frenético baile, y se lanzó al vacío. El sonido de sus huesos y su carne al entrar en contacto con las rocas del desfiladero ensordeció los tímpanos de sus iguales. Muchos no pudieron soportar el horrible y estridente eco, y murieron. Otros clamaron “Justicia”.

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