sábado, 11 de septiembre de 2010

A la luz de los acontecimientos venideros, y en nombre propio:

Sepan todos cuantos este texto lean que los actos que para el proximo 29 de Septiembre se preveen son de absoluta inutilidad. Al albor de la situación económica global y estatal, la huelga es la solución menos coactiva de las que se disponen, siendo una medida estéril e, incluso, un agravante en lugar de una salida eficaz. Si a ello le añadimos que el movimiento obrero actual no es causa del, asi mismo, nuevo modelo de producción, sino más bien consecuencia de él, toda iniciativa que parta de la acción sindical está condenada al fracaso y hasta puede, como adelanté, resultar un obstáculo para los fines que se persiguen.

La pancarta, el megáfono, el socialismo de postal, la idea global, el perro-flauta que se apunta siempre a un bombardeo sonoro de timbales, el paseo de los estomagos agradecidos, y el circo de mutantes, son instrumentos vanos y mancos de resultados que, a poco que reflexionemos, solo llevan al logro de hacer de sus fracasos idearios una fiesta verbenera de globos de helio, gigantes y cabezudos, comparsas titiriteras y fotos de portada en rotativos varios con el único objeto de justificar subvenciones y para la defensa de premisas trasnochadas, decimonónicas y absolutamente ingenuas.

El paro general es el consuelo de los que a priori ya han claudicado, el maquillaje de la puta sesentona que sale a la esquina convencida de que aún puede tentar. La huelga no es acción sino inacción, es asumir de antemano lo que se denuncia en ella, es el gesto del niño caprichoso, el final del camino, nunca su arranque. El sindicalista levanta el dedo pedigüeño, cuando urge levantarlo como acusador, es el que se permite denunciar al sistema cuando es el propio sistema el que le permitió criticarlo, el que en su día luchaba contra el patrón y hoy lucha por ser como él, y el que solo entiende de su propia emancipación. El sindicalismo debe de dejar de ser la única forma de asociación proletaria (aunque el término “proletario” tiempo hace que perdió su sentido original). Lejos quedan los tiempos de su honrosa postura de identidad. Hoy son más un vagón de cola que la maquina tractora que arrastre a la clase trabajadora al combate hacia la definitiva emancipación. Asumamos las reglas del juego capitalista cuando éste nos encumbre, pero también cuando éste deje entrever sus defectos desastrosos y nos los haga padecer, o engendremos nuevos órdenes y relaciones para mudar radicalmente el sistema. Esto último solo se logra con una revolución social de proporciones.

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