Y yo le dije que aguardase con paciencia, que no se esforzase en ello con abnegación excesiva, que tomase un respiro, reflexionase, y evaluase con frialdad. Pero recrudeció sus ataques y me golpeó de nuevo tan fuerte como pudo, en la cabeza, con el periódico enrrollado y los dientes apretujados en el interior de su boca. Incluso emitió un bravo rugido que lo convertió en una fiera salvaje, inhumana. “Deja que te lo explique...”. “No hay razón para las explicaciones!”, me dijo. Y volvió a dejar caer todas las noticias diarias sobre mi craneo. Por unos instantes creí que me había herido, pues en el lugar de mi cabeza hostigado comencé a sentir el frescor balsámico de la sangre en su discurrir lento. Luego me percaté de la falsedad de mi daño: no era sangre, era sudor. “Yo nací, pero no fue mi culpa”, argumenté. “Pero vives, y esa sí es tu culpa”. Golpeóme con el garrote de papel, esta vez en el rostro, muy cerca de la pupila de mi ojo. Exclamé de dolor, la furia acumulada trataba de desatarme las manos presas por un fuerte nudo a los barrotes de la silla. Esta vez la sangre hizo acto de presencia, y como una lágrima de alma se deslizó por mi mejilla derecha. El ojo se mantuvo ciego unos segundos; luego volvió a mostrarme a la bestia, dispuesta ya para seguir fustigando mi ánimo.”Y si vives, piensas, y si piensas, arriesgas. Has arriesgado, y te ha tocado perder”.
Aún sigo esperando –bendita mi Paciencia-, calculando, estudiandote. Aún. Eres, pero no estás. Estoy, pero no te soy. Yo, mi, me, conmigo. No eres más que la basura del cosmos creado en meses pero ya te aprecio como aprecio la energía, quizás con la necesidad, quizás con el transformate.
Adorar el fin es perseguir empezar, desear el cero. Soy el Único, pero tu eres la Unidad. La muerte me sabe a dulce, la crio y amamanto, es la furcia que anhelaba mi conocer, es la daga envainada que aguarda centellear su cortante filo a la luz solar para luego mancharlo con la comunidad de mis leucocitos, linfocitos y demás minúsculos. La muerte es sapiente de mi, me tiene, me cuenta entre sus fieles, me conmueve. A ella la sé querer, y ella es consciente de que no soy ese rebelde sin causa, sino la causa de una rebeldía. Yo soy causa, y ella es mi consecuencia. Mientras para la gran mayoría de los que me rodean ella es causa del comienzo yo, sin embargo, soy su origen, si yo respiro ella vive, si yo espiro por último, ella deja de ser.
Volver, quién pudiera volver.
Es curioso. Cuando se enciende el cigarrillo uno cree estar redundandose una vez más. A cada bocanada de nicotina, mi ego alcanza ese extasis pausado, ese colmado dueño de mi ser permanece aletargado, narcotizado, reo por fin. A medida que avanza la combustión de las más de cuatro mil sustancias presuradas en el cilindro de papel mi organismo sufre la salud y disfruta de la enfermedad, y cuando al fin uno se decanta por dar término al oficio del fumador, la nicotina se entristece, y con ella mi organismo que, lejos de exaltarse jubiloso, la desprecia, la declara prófuga, la acusa de alta traición y emite una nueva orden de búsqueda y captura, declarando el estado de excepción si es necesario. Y así ejerce mi cuerpo la dictadura, así mantiene a ralla a la disidencia.
Y en el horizonte belludo de su sexo jamás se ponía la luz sin llevarse parte de la delicia. Su cuerpo, fragil como la porcelana más valiosa, limitaba al norte con las estepas frías y áridas, donde el venado pace sin creerse vulnerable. Y cuantas fueron las ocasiones en las que me dejaba perder por aquellos parajes, inhóspitos para la gran mayoria, paradisíacos a mi entender. La estepa tornábase tundra en su cabello, el cual se balanceaba caprichoso al paso del viento del norte de mis manos, el transportador de placeres, mensajero de arrumacos y sentencias. En las fronteras del este su piel colindaba con la mía. Era el momento en el que las mareas de su deseo por otorgarme goce, las mismas que arrastraban las algas en sus dedos, bañaban mi pene de tibiezas y espasmos, mi pecho de salitre salivar, mis labios de oleados colmos. Desgarrábansele a Dionisio las carnes ante tal seismo de vicios. Por el oeste arrivaban los alisios, arreciando cuando en sus enfados, sosegándose cuando en sus sonrisas, abandonando a la deriva al que busca los peces para convertirlos en sus panes; por dicha dirección uno se aventuraba en los extraños mundos de su caracter, buscando el Dorado definitivo. En sus meridionales lugares soplaba el calor. Por ellos llegó hasta mi la única religión, la que no conoce más enviado que su vagina fluída, ni más piedad que la que dona en condición de yugo su olor, su embriagador perfume. Ella era la tiniebla y la luz, el golpe y la caricia, la montaña y su nieve perpétua, el mar, el desierto, el trópico y los fluvios. Era ella el país deseado, aquel donde uno desea ser acogido en muerte. El cielo es el mismo en todo el mundo, pero cada país tiene su propio infierno.
Me acojo al derecho de no intervenir. Tengo el derecho a no sentir ni padecer. Lo contrario que no me sea reclamado jamás. No hableis nunca de amor, pues es éste un sentir debil que nos vuelve frágiles, es una pandemia que equidista a todos volviendonos ordinarios, muy comunes. Que debil de razón es el amor.
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