viernes, 2 de septiembre de 2011

EL atrevimiento

       Leía con ímpetu depredador el periódico del día, en la cafetería de costumbre. El café, cerca de enfriarse, permanecio en el olvido hasta que me percaté de como solicitaba casi a gritos lo ingiriera con celerosa decisión. Era sábado por la tarde y, como siempre, analizaba en la prensa las acometidas de la vida a lo largo de todo el orbe: acuerdos antiterroristas y reformas estatutarias en “Nacional”, violencia de genero en “Sucesos”, caos del Imperio en Irak en “Internacional”, “Burbujas inmobiliarias” en “Economía”, y amenaza de estado de excepción en el Real Madrid en la sección deportiva. Posé El Mundo en la mesa y bebí del café. ¡Arrggg, está como la nieve!, me dije al tiempo que esbozaba una mueca de hastío.

El local estaba semivacio. Dos mesas más allá, una sonrisa femenina parecio burlarse de mi despiste, mi carantoña de asco, y de mi imprudente olvido. Alzé la vista y, efectivamente, una mujer me observaba dibujando en su bello rostro una mofante mueca. Estaba sola, y su café parecía estar caliente. No entrenado por la vida para soportar una mirada mas de dos segundos, me avergonzé de mi estupidez, y fingí volver al interés por la información. Al cabo de unos segundos osé repetir la hazaña, y la miré. Ella correspondio, es más, semejaba no haber apartado la vista de mi ni un solo instante. Comencé a ponerme nervioso pues, por añadidura, la mujer, de la misma aparente edad que yo, era atractiva, y su atrevimiento colapsaba mi conciencia. Desde entonces, a pesar de mantener mi mirada fija en el periódico, no fui capaz de llegar tan siquiera a la seccion de pasatiempos. Por si fuera poco, acababa de perder ochenta céntimos en un café que ni siquiera había llegado a consumir.
Durante quince intensos minutos aquella atrevida chica no había cesado en observarme. Yo la veía de refilón. Sabía que así era. Al cabo de ese cuarto de hora noté como se levantaba de su mesa, cogía su bolso, su café con leche cortado con dos azucarillos (se lo había escuchado solicitar de ese modo al camarero), y se dirigía hacia mi posición, en lugar de ir a la barra. Empece a temblar; me agarré fuertemente a las hojas de El Mundo, me atusé con disimulo el pelo, simulé beber del asqueroso café, y me encomende a la diosa Fortuna. El sonido de sus tacones en la madera del local batían al ritmo de los latidos acelerados de mi corazón.
- No deberías beber ese mejunge. Hace casi una hora que lo tienes ahí, reposando, y debe estar frío a rabiar. Te va a sentar mal –me dijo mientras sostenía entre sus manos su hermosa y deliciosa taza de café caliente, con aquella sonrisa.- Puedo sentarme contigo?
Izé la mirada para ofrecerle mi atención. Era hermosa. Tardé en reaccionar.
- Sí, sí. Naturalmente. Toma asiento.
- No incomodo? – Se aseguró de que no resultaba improcedente su actitud. Yo negué con la cabeza, no podía articular palabra alguna.
Se sentó. Se sentó como solo saben sentarse las diosas griegas impresas en las cerámicas de terracota, en escorzo, sin doblar en exceso su espalda y genuflexionandose lo necesario para luego cruzar sus piernas con armonia femenina. Retiré el periódico de la mesa, pedí al camarero que se deshiciese de mi consumición lo antes posible, y cascarreé fugazmente mi garganta para dar lo mejor de mi.
- Me llamo Nayla. Y tu?
- Yo? –quién si no, estupido?- Eeeh, yo soy Gabriel. Encantado
Me besó en las dos mejillas. Fueron dos besos auténticos, con sus labios; no una simple aproximación de mejillas como hacen la mayoría de los mortales, de esos besos que te dejan los carrillos ligeramente empapados, y que revelan que quién te los plasma tiene decidido lo que desea. Permanecimos unos segundos en silencio, yo haciendole creer que no había perdido contacto con el interés por la información con leves y falsas ojeadas al jornal. Ella rompio el hielo de nuevo al cabo de un rato, siempre con esa actitud desafiante en sus vivos ojos. El mover de su cuerpo me recordó a la serpiente que acapara con su abrazo mortal la presa antes de ingerirla: lento, meditado, y con un sutil toque de cinismo.
Era una chica tremendamente femenina, como a mi me gustan.
- Te gusta leer los periódicos, estar al tanto de todo lo que acontece?
- Lo hago con asiduidad, sí. Siempre digo que antes informado que alimentado. Tardes como esta, las de los fines de semana, las empleo en revisar la prensa nacional. Le dedico una media de dos horas.
- Vaya, eso es inusual en un chico de tu edad. La mayor parte de ellos se aferran al Marca como el niño al pecho de una madre.
- Sí, bueno. Alguno habrá que padezca del mismo síndrome, no?
- Seguro, aunque no tan interesante como tu. Tu atención va más allá de los simples titulares.
Su respuesta crucificó mis sentidos, me inutilizó por completo, me dejó sin defensas. Aquella hermosa chica, Nayla, iba directa, duro y a la encía. Poseía unos tersos y voluptosos pechos, y las lindezas de sus piernas asomaban entre la levedaz de la falda que portaba con garbo y encanto. Dentro de mi pantalón, en mi entrepierna, sentí repentinamente una sinceridad inevitable. A duras penas me convencí de que por aquel camino no podía continuar: o abandonaba la táctica del intimidado, o pasaba a ser yo el acosador. Maduré la decisión, y aposté por seguir su sendero.
- Lo interesante de mi aún está por ver. –le dije- Dime: porqué me crees como “interesante” si aún no me conoces a fondo?
- Te he estado observando...
- Eso lo sé fehacientemente –la interrumpí. Fue mi primer golpe.
- Te he estado observando y me parecistes un chico ... atractivo, interesante, incluso me atrevería a decir que excitante.
- Está bien, di: que has venido a buscar?
- A ti
- Estas de caza?
- Te quiero en mi habitación.
La decidida actitud de la chica me turbó. Decidí cambiar de lugar, abandoné la silla y me ubiqué en el sofá en el que ella reposaba sus huesos, de modo que me aproximé un poco más a Nayla hasta el punto de que nuestros alientos podían ser percividos con nitidez. Busqué mostarle mi mejor perfil, moldeé en mi faríngea voz el tono adecuado para la conquista, y me lanzé al vacio. Comenzé con un descarado escrutinio a todo su cuerpo.
- Lo sé. Sé que te gusto. –me insinuo- Pertenecería a las leyes más extrañas que yo no te causase admiración.
- No es tu físico lo que más me gusta. Es el uso inteligente que de él haces. Me gusta tu altiba soberbia, lo capacitada que te sabes para lo que quieres conseguir. A mi acudes conocedora de tus posibilidades, y seguro que eres de esas mujeres que nunca reciben una negativa ni la contemplan dentro de sus planes.
- Así es. Llevas razón. Son muy escasas las ocasiones en las que un hombre resiste mis embites. –tomó un cigarrillo, lo prendio, y posó sobre la mesa sus codos, de modo que desde mi posición sabía que podía entrever lo que se escondía tras la linea central de sus senos. Continuo luego disertando- Entre nosotras, las mujeres, se generaliza sobre las reacciones innatas de vosotros los varones, y que nos tenemos por sabedoras de vuestras debilidades y flaquezas, y que son las mismas las que nos sirven de apoyo para alcanzar los fines. Yo, sin embargo, no creo en ello, y heme aquí ante ti, y a ti te expongo mis principios: no hay un solo hombre igual, las que son idénticas son las argucias que nosotras, las mujeres, contra ellos empleamos.
- Son las tuyas similares?
- Con cada hombre me propongo el experimento. De cada uno aprendo algo nuevo. Con ello voy forjando mis propias teorías, procurando que mis artimañas semejen ser irrepetibles.
Su estudiada manera de coger el cigarrillo y llevarselo a la boca me estaba desconcertando. A cada bocanada de humo que ingería le acompañaba una pícara mirada de deseo y desafío. Sus pechos, redondos y perfeccionados por el tiempo, enmarcaban el talento de sus gestos como el lienzo en la pinacoteca de la lascivia.
- En verdad que eres “justa y necesaria” para este mundo de tormentos. –le dije- El ser humano ofrece en ti la gloria de la evolución, te muestra como su obra suprema. ¿Que otros seres en el cosmos mostrarían cosa más bella que tu? Tu eres el fin del proceso evolutivo, en ti se detuvo la historia para no ser continuada, por miedo a que tu muerte y desaparición consuma a la humandidad entera.
Nayla se sintio sonrojada por momentos; despues, recompuesta su maniobra, lanzó su caballería contra mi.
- Entonces, aceptas mi proposición?
La pregunta descendio como el Pentecostes hasta mi razón, que por aquel entonces se hallaba inutilizada por completo. Era el momento de llevar la iniciativa.
- No, no acepto –le espeté despues de unos segundos. Ella fingió no sentirse despreciada; parecía acostumbrada a recibir en ocasiones ese tipo de resultados, por pocas que hubiesen sido las veces en que ello le hubiese acaecido.
- El motivo?
- No hay motivo. Simplemente es un órdago.
Modificó radicalmente su rostro hasta transformarlo en el de una gata preparada para salir a los tejados. Luego añadio desafiante:
- Me estás retando?
- No. Solo te estoy rondando –matizé con un sutil tono de voz.
Enseguida se dio cuenta de por donde iban mis intenciones. Creo que incluso fui capaz de notar en ella su excitación. Modificó lentamente el cruce de sus piernas, evitó en el último segundo morderse el labio inferior, posó su rostro en una de sus manos mientras me lanzaba una infantil sonrisa –ello me demostraba que estaba rendida-, y con la otra se acaricio los gemelos de las piernas rozandolos con las yemas de sus dedos.
Era hermosa como un retablo barroco. Plena, de deslumbrantes ojos negros y cromados labios carnosos, coronada por un cabello caótico, plétora de lujuriosos deseos. Hasta mi pituitaria llegaba el aroma de su perfume, sedante y tentador, a polen, a fecundidad, como extraido de su propio celo, en cantidad comesurada para que no resultase ni muy embriagador, ni excesivamente fugaz al olfato. Pero necesitaba oler su piel al natural. Ampliose el espectro de la luz cuando, de repente, Nayla lanzó una carcajada al aire.
- Donde está el cómico? –le pregunté.
- Tranquilo, cari, no me rio de ti. Simplemente, me gusta como estás llevando la situación.
- Con cautela, pero decididamente.
- No serás tan irresistible. No emplees muchos esfuerzos en sortearme. Tarde o temprano verterás tu virilidad en mi, serás mio.
- Ya lo soy –le dije al tiempo que llevaba una de mis manos a su nuca y comenzaba a impregnarsela de relajantes masajes- De lo que se trata ahora es de que tu seas mia. Has elegido mal, nena. Te has dejado llevar por la intuición, y has venido a toparte con el supremo carcelero. Soy yo el Maestro de Justicia que cantaban los esenios, he aquí el Dios de los Altares, acabarás loandome.
Nayla volvio a soltar una sonora carcajada. Yo continue amasandole las ideas con mi mano recorriendole la nuca. Ella adaptó tímidamente su postura, y se hizo más receptiva a mis caricias.
- La sonrisa es el camino más corto hacia la fe –le repliqué- Nuestro Dios, el cristiano, exige fe a cambio de salvación eterna. El místico eleva sus plegarías a Él en busca del confort de su alma, la expiación de sus faltas, la salvación perpétua. Cuando alcanza el éxtasis, la unión con Dios, el místico se siente feliz al ver plagada de gracia su fe. Y sonrie.
- Que relación guarda eso conmigo y mi propuesta?
Nayla empezaba a sentir placer con mis caricias. Movía cadentemente su cabeza de un lado para otro, y su voz parecio bajar de volumen.
- Tu risa te llena de gloria. Quizás porque estás en ella. Eres mi Santa Teresa y yo, tu Dios.
- No tengo Dios.
- No hay Dios que te tenga a ti.
Insistio de nuevo en sonreir, esta vez con mayor énfasis, si cabe. Parecía una niña en medio de una reunión familiar, invadida por la alegría de sentirse querida por los suyos. Era lo que yo buscaba desde que había decidido arrebatarle la iniciativa: extraer de ella esa gracil chiquilla de vivos ojos, juguetona, impaciente por cumplir sus caprichos.
En el sonido de ambiente de la cafetería en la que nos habíamos encontrado Nayla y yo comenzó a sonar el “Nocturno en Mi Bemol” de Chopin; el piano acariciaba la atmosfera como una brisa a la que se le oye llegar desde lejos. Dirigí entonces mi mirada hacia la barra donde se encontraba Edu, y le guiñé el ojo. Edu correspondio con una cómplice sonrisa.
- Mmmmmm. Que bonito piano ... –dijo Nayla envuelta en la seda de las notas de la composición. Yo, mientras, proseguía acariciandole la parte inferior de su cabeza.
- Está llorando, se queja, tiene dolor.
- Pero a mi me gusta oirlo llorar.
- Sabes bailar el vals?
- No –respondio quejumbrosa, algo decepcionada.
- Yo te enseñaría.
Abandoné los masajes, le tomé una mano, y comencé a doblarle uno por uno sus femeninos dedos, presionándole levemente la articulación de cada uno de ellos. Rapidamente, Nayla comenzó a sentir un placer desconodido hasta entonces por ella.
- Eei –musitó- Me gusta.
- El vals no se baila, se sueña. No se aprende, se aprehende. No tiene una secuencia monótona y continua de pasos, sino que posee la capacidad de que sean tus pies los que dialoguen con tu pareja, y te muestren a ella. No hay la pasión que puede haber en el tango. El tango es terrenal; el vals, en cambio, es celestial, trasmundano. Girando los cuerpos al ritmo de la música se alcanza fugazmente, aparte de la unión física, la mental. Se trata de la fusión de dos voluntades que, al cabo, terminan por convertirse en una sola. El siguiente paso es la Transustantación.
- Transustantación?
- Sí. Sería muy dificil de explicar. Según el catolicismo, la presencia espiritual de Cristo en la celebración de la misa se vuelve presencia física al ser consagrada la hostia. Dios se vuelve perceptible a los sentidos. Eso es Transustanciación. Algo semejante a un rito mágico-sagrado.
- Y en el vals acontece exactamente lo mismo? –preguntó incrédula y burlona.
- No.
- Entonces, por que me cuentas todo esto?
- Porque quiero tenerte. Quiero fagocitar tu persona, engullirte, devorarte. Volverte parte de mi, parte indisoluble. Quiero ser la enzima de cada uno de tus pensamientos, depredarte, hacer que cometas los mismos errores que yo, las mismas estupideces...
Nayla sonrio otra vez y liberó sus manos del masaje que le estaba propinando. Luego, dijo desafiante:
- Crees realmente que conseguirías eso de mi? Que te hace suponer que caeré en tu trampa?
- Sí, lo creo. De momento ya has cometido uno de mis errores. Ya te tengo.
- Que error?
- Tu café. Está frio como la nieve. Te va a resultar imposible ingerirlo. He conseguido atraer tu atención lo suficiente como para que desdejases tu consumición.
         - Serás cabrón! –dijo mientras esbozaba una sonrisa de niña divertida..

No hay comentarios:

Publicar un comentario