El mundo real que padecemos es el cauce por el que fluye el mundo ficticio que deseamos y este, a su vez, alimenta a aquella realidad. Por tanto sin sueños no hay mundo real, no hay vida, son los sueños los que importan y nos alimentan. Si estos se alcanzan se cae en el riesgo de la locura, es decir, la felicidad endogena, y si se logran los sueños no hay realidad, no hay vida. Consecuentemente, si no hay vida no hay muerte, se desconoce, y todo aquello que no se conoce no puede infundir temor = el hombre logra vencer a la muerte. Aquel, pues, que tema a la muerte es presa facil en un mundo donde impera la ley de la selva, el instinto de supervivencia. Por ello, los hombres han de medir sus voluntades, sus felicidades, y sus métodos para lograrlas. Con esto se arrojaran al abismo a todos aquellos que no posean expectativas sólidas= aquellos que no confíen lo suficiente en ellos mismos. Los que se agarren a la establecida felicidad (exogena) serán los débiles, los que necesiten ver aprobados sus deseos y sueños por el resto, los que se apoyen en la Ley.
No hay comentarios:
Publicar un comentario