miércoles, 2 de noviembre de 2011

Llovía a raudales, como si realmente el cielo quisiese ahogarnos a todos los que bajo él nos creíamos a salvo de plagas bíblicas. Yo mantenía la duda de si aquello sería un castigo por habernos excedido en la ociosidad en aquel verano que llegaba a su fin, o un capricho más de la naturaleza, esa sobre la que los massmedia se encargan de verter avisos a navegantes, que si nos estamos cargando el ozono, que si el cambio climatico es inminente y palpable, que si lo pagaremos caro a más corto plazo que largo, etc.
Alejadas de mi tales disertaciones, procuré mantener la conducción de la furgoneta fuera de la temeridad que suponía llevar un coche cargado en un día lluvioso sin la necesaria precaución, y me sumergí de nuevo en las responsabilidades laborales. Sin embargo, era dificil apartar de la atención lo que fuera de mis pensamientos acontecía.

- ¡Pero quieres avanzar y pasar de cederles el paso, no ves que llevas preferencia, subnormal! –grité a sabiendas de que no me oiría quién me precedía.- ¡Estás de paseo, ¿o que?!
El atasco era descomunal, los claxons saturaban la atmosfera, colapsada ya de por si debido al ajetreo de los vehículos en su ir y venir. La lluvia golpeaba el parabrisas como exigiendome paciencia. Era hora punta, las seis de la tarde, y muchos eran los que se encontraban como yo trabajando, otros tantos los que ultimaban compras, y bastantes los que venían de recoger a sus enanos del colegio. El espectáculo era dantesco, caótico.
- ¡Serás mamón, acelera gilipollas! Pero, ¿que hace? La culpa la tiene el alcalde, por haber estrechado las calles de tal forma.
Tenía la sensación de que el agua penetraba por algún lugar de la carrocería, incluso sentí el escalofrío por mi espalda como si se me estuviese empapando realmente. Había humedad por todos los lados, y la idea de tener que salir del vehículo por algún motivo me infundía temor y recogimiento. Los cristales del coche estaban completamente tomados por la condensación, empañados, de tal modo que apenas podía ver a los lados de la conducción. Semáforo a semáforo, parecía que nunca alcanzaría destino. En el exterior la cosa no parecía ser más llevadera: decenas de paraguas guardaban decenas de individuos que buscaban su lugar por las estrechas aceras, escapando del agua y de los posibles contratiempos con el resto de los viandantes. Una tarde repelente, inadecuada para un intervalo de tiempo de sosiego, muy incomoda.
- Hace medio minuto que abrió el semáforo y el tipo no se entera. ¡Espabila, idota! Joder.
Reconozco que el único momento en el que me dejo llevar por la acidez del enfado es cuando voy conduciendo, incluso alzo la voz desmesuradamente y profiero blasfemias de todo calibre y condición. Aquella tarde era la imprescindible para sacarme de mis casillas. Debía llegar a mi destino y los contratiempos se acumulaban en connivencia con las prisas de los demás. Sin embargo, yo me creía el poseedor de la prisa más urgente, y exigía a los demas prontitud y diligencia.
- Joder, si hasta en la glorieta hay atasco.
Efectivamente, en la misma rotonda del Pabellón de Deportes los coches permanecían a la espectativa, acumulados como se amontona la muchedumbre al querer acceder a un concierto todos a la vez, como se aprietan los niños a la salida del colegio presos por la apetitosa idea de volver a ver a sus papás, de corretear con sus amiguetes en el patio del cole antes de que sus madres, concentradas de momento en comentarse entre ellas, se percaten de lo tarde que es, de tomar el joystick y pegarle una vuelta a la consola una vez en casa, etc. Y los pitidos de los coches simulan los chillidos de los pequeños, aquellos que apelotonados se toman de los pelos, se agarran las carteras, rasgan sus mandilones de rayas azules o rosadas, bociferan sin descanso, actitudes propias de la crueldad infantil, crueldad atípica que contenía aquella tarde inhóspita, tormentosa, y no apta para carácteres irascibles y poco dispuestos a las esperas.
- Menudo día...-mascaba yo entre dientes.
La caravana de vehículos comenzó a circular luego de varios minutos de impaciente espera, y conseguí salir momentaneamente del atasco de la zona. La circulación, sin embargo, distaba mucho de ser fluida, apenas podía pasar de los 40 km/h. En menos de dos kilómetros me fumé tres cigarrillos, proferí veinte palabras mal sonantes, y conté tres altercados entre los viandantes por mor del trasiego fecundo de la gente a aquellas horas del día. La situación comenzó a ser irritante e insostenible.
A la altura de la plaza del Alferez Provisional (en Ou siguen dedicándoles calles a personajes que merecen la más repudiable memoria histórica), nuevamente el semáforo de intersección entre la calle Juan XXIII (creo que no existe ciudad en el mundo cristiano que no le halla consagrado una calle al Papa del Concilio Vaticano II) y la calle Progreso, frenaba mis aspiraciones de dar por abandonado el atasco del centro de la ciudad, y me encapsulaba otra vez en una tensa y agotadora espera. Cuando hubo abierto, yo, que era el primero en la fila de coches, salí apresurado hacia la Juan XXIII. Sin embargo, un vehículo, que supuestamente había tomado con celeridad el tiempo permitido por el ambar del semaforo y que llegaba desde la Progreso, se saltó su señal roja y me embistió lateralmente dandome un susto de muerte.
Me bajé como loco del coche, la lluvia pareció arreciar con mayor ímpetu en aquel instante. Me daba igual calarme hasta los huesos. La furgoneta tenía serios daños en la chapa y se le había desprendido los faros derechos llenando el anegado asfalto de trocitos de vidrio grueso. El vehículo agresor contaba con menos daños, pero al ser de mayor calidad que el mío la gravedad era, si cabe, de mayor consideración. Volví mi mirada para desvelar la identidad del piloto imprudente. Era una conductora joven. Tardó en bajarse del vehículo, solo despues de hacerlo prudentemente con paraguas en mano.
- Joderrrrr, mierda, oxtia!!!!. Vaya, uffffffff... –yo empezé a tomar conciencia de la situación, luego de haberse escapado el susto inicial. Dirigí un gesto de descontento e indignación hacia la culpable, quién ya se dirigía hacia mi y hacia nuestra particular Zona 0.
Sin de momento dedicarme atención, la mujer, que parecía contar con mi misma edad, se dedicó a estudiar la situación, aunque estaba tomada por los nervios en mayor medida que yo. Enseguida ejercí mi derecho de reclamación y mímicamente con mis manos le dí a entender que le tocaba pagar, que a ella le correspondía la imprudencia y, por tanto, la culpa responsable del altercado. Omiti la decisión de hurgar en su sentimiento, y dejé para más adelante las recriminaciones. Siempre estuve presto al diálogo, incluso en tales circunstancias.
- Bueno, te toca pagar... –le dije afablemente. Ella no parecía haber oído.
- Uffff. Dios, menudo día llevo. Joder.
Ahora los motivos del atasco los provocabamos nosotros, allí, bajo la incesante lluvia, parados, con la catástrofe reclamando nuestros sentidos, con los dos coches atravesados en medio de la calzada, con gran cantidad de impacientes haciendo uso de la contaminación acústica, con la lluvia -esta vez sí- penetrandome por la medular y conjuntandose con el sudor que el susto había obligado a segregar en mi cuerpo, con decenas de miradas indiscretas situadas sobre nosotros, los ahora reos del “que mal rollo”. Una hecatombe.
Un agente se personó en el lugar de los hechos, bien pertrechado él, con su abrigo impermeable sellando todo su cuerpo excepto el rostro, y con el gesto de desaprobación propio de quién se cree poseedor del “ya lo venía venir yo”. Enseguida exigió tomar participación de la situación.
- Vamos a ver, señores, haganme el favor de retirar los vehículos de la calzada. A ver si aún encima de imprudentes van a resultar ustedes incómodos.
<Nos ha jodido el lechero... No llega con un desaire, el cabrón...>. Era lo que precisaban mis momentos de alteración, como el que agita las ascuas buscando prender la llama. No obstante, el agente llevaba la razón, asi que ambos nos subimos a nuestros respectivos y aparcamos nuestros problemas a un lado de la calle, junto la parada de taxis. Una vez conseguido la fluidez de la vía, el policia llegó hasta donde la chica y yo esperabamos aún tomados por la velocidad cardíaca, parados, resguardados por los aleros de las edificaciones, sin dirigirnos palabra alguna. Lo cierto es que era hermosísima, toda ella asediada por el nerviosismo de un ser vulnerable, inocente; ¿como hago yo ahora para culpar a alguién tan hermoso?
- Veamos, ¿han llegado a un acuerdo?
Esperaba que fuese ella la que admitiese sin tapujos su error, sin embargo, tuve que ser yo el que presentara mi alegato, convencido de que saldría justamente bien parado.
- ¿Acuerdo, agente? Es obvio que ha sido ella la infractora, por tanto ella carga con los gastos, ¿no?
- No, perdona –replicó ella. Me estaba temiendo lo peor- ¿Que te hace suponer que yo voy a admitir mi culpa?
- Es lógico, tu te has saltado el semaforo en rojo.
- ¿Que yo me he saltado que...? ¿Que semaforo?
- Pues ese, exactamente –le señalé el que regulaba la circulación en la calle Progreso.
- Pero si yo no pasé por ese semáforo.
- ¿Como que no...?
<Mierda, ahora sí que ya me está haciendo dudar>. Efectivamente, no podía estar seguro al cien por cien de cual era la posición de su coche antes del altercado, los cristales del coche, empañados, apenas me dejaban conducir con total seguridad, mi atención puesta en el cometido laboral, mis pensamientos en la rubia de aplicado sonreir del sabado noche, la humedad que calaba... Si en un principio supuse que venía de la Progreso fue más por pura teoría que por auténtica praxis. Así pues, la versión de la chica desmontaba ahora la mía. No obstante, debía no cejar en el empeño, y continué rebatiendole su versión de los hechos. Barajé la posibilidad de buscar amparo en el policía local, pero dado que se personó en el lugar de los hechos al cabo de unos segundos de yo padecer el percance la idea no era factible, pues el agente podía corroborar la versión de la chica si su testimonio contaba con la cercanía e inmediatez respecto al lugar de los acontecimientos. Pues sí que estaba yo ahora bien follado.
- Vamos a ver, señores, o llegan a un acuerdo o tendré que avisar a la unidad de atestados. Diriman sus problemas ya porque estos coches no pueden quedarse aquí, es zona de taxis.
- Aquí hay poco de lo que hablar –añadió la joven.
- ¿Como que...? Aunque no vinieses por donde yo sospechaba tu eres la infractora. Yo cuento con el aval del permiso para iniciar la marcha que me concedía el semáforo abierto.
- Pero las normas aconsejan ceder el paso a quién quiere incorporarse, ¿o no? Pero mira como llevas esa chatarra –dijo en referencia a mi vehículo-, si ni siquiera se ve el interior, ¿como ibas a verme llegar a mi?.
<¿Chatarra? Será cabrona... ¿Que no se ve el interior? Tendrá razón la muy...>. Empezaba a impacientarme, la sudoración dejaba paso al escalofrío, y aún encima su enfado resultaba delicioso en ella, bellisimo, persuasivo, homicida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario