sábado, 19 de noviembre de 2011

Te la cuento pues. Existió hace tiempo, en una epoca donde el amor a lo misterioso era necesidad y obligación, donde la vida misma no tenía sentido en la misma tierra y donde la verdadera busqueda de la verdadera verdad centraba toda logia y esfuerzos de los más de los eruditos de por aquellos entonces. Un tiempo donde no había cabida a la reflexión pues ella estaba prohibida y condenada si no era frecuentada dentro del marco divino y extraterrenal, lugar preciso de legitimidad en la procura de la respuesta a la gran verdad. Prestos a ello, a la busqueda de la anulación que, supuestamente, padecía la vida terrena plena de la gran mentira, estaban los sabios monjes del tiempo que narro. El monje dedicaba toda su fuerza interior en el sondeo de su propia alma, acechando a cualquier victoria de las mentiras, pasiones, desenfrenos no merecedores de ser buenos compañeros en el camino hacía la gran verdad. Esa gran verdad, hacía ya siglos que se había convertido en personal, humanamente inventada, surgida de la nada. Esa verdad se llamó Dios y a su unión con el se dirigian por entonces multitud de hombres que, alentados por la propaganda de la epoca de la santificación del alma y la “corderización”del hombre, ingresaban en conventos y cenobios, hogares estos de todos aquellos que intentaban cazar aquella gran verdad para a ella unirse y contentar así una vida terrena despreciadamente mal vista por esa gran verdad compensandola con la gran promesa de un mundo nuevo y mejor.
Pero, he aquí que a uno de esos sitios de meditación y recogimiento, acercose un hombre que solicitó su ingreso en aquella de entre tantas comunidades “cazaverdades” que tanto proliferaron en la epoca. Tras hablar con superiores hombres de la comunidad tal, se le aceptó su demanda de ingreso y durante veinte años practicó toda clase de abstenciones, acató normas y costumbres de la colectividad que lo acogía, trabajo entre los demás con el mismo impetú que el resto por buscar purificar su alma impuramente llegada en su día a la comunidad monastica y tanto en esto como en el trabajo fisico se mostraba siempre cauto, cumplidor y recto entre sus compañeros de encierro. Oraba en su momento indicado y no pareció nunca susceptible de padecer tentaciones.
Y el monje ilúmino respondio: “yo no amo a Dios, yo odio a sus hijos”. Ilúmino por ser ausencia de luz dirigente en su camino, ilumino por ser el mismo candela de si mismo, fuente de luz en su propio padecer, regocijo.... El monje ilúmino se une a Dios y mira desde la misma prespectiva desde la que Dios mira a sus hijos, no comparte su poder, es más, lo maldice, pero de su parte esta al ser amante de los hombres pero tambien su más fiel enemigo.
Seguia deslumbrado por el poder de la belleza de MIA. Y no podía ni deseaba dejar de observarla y admirarla. Que grata sinfonia resultaba para mis oidos su dulce voz desgarrada, su sosegado mirar agradeciendo estar ahí, donde estaba: en el cielo de los pecadores. Recuerdo aquellos nuestros primeros contactos como si de anteayer se tratara: yo, siendo cauteloso, a la procura de su interes hacia mi, ganandomela a base de singularidad personal pues sabedor era de que se sentía atraida por lo fuera de lo común y más en cuanto a personalidad y caracteres se refiere, se lo había sonsacado la primera vez que entramos en contacto, aquella calurosa tarde de julio en aquella atestada cafeteria. Ella intentando vagamente parecer insometible a lo que ajena a sí misma intentase modificar unos princios en los que creía ciegamente, tan ciegamente que nunca oso indagar en el sentido que los mismos poseían.
Tras aquel subito encuentro en el “jardín de los proscritos”, como yo lo denominaba, fue mucho el tiempo en que tardaron nuestros alientos a cruzarse. Tanto MIA como yo deseabamos entrar en nuevo contacto, como más tarde en cierta ocasión y una vez consolidada nuestra relación me reconocía tras recorrer entre los dos aquellos primeros días que el destino nos guardó. Sin embargo, tal situación de aislamiento  era premeditada pero tambien involuntaria, al menos por lo que a mi se refere. Era, tacticamene, una estrategia usual en mi: el evitar por todo lo posible el estar juntos favorecía el deseo a ello. MIA tambien jugaba de la misma forma. Pese a ello, ambos no lograbamos salir de la prisión que el otro había construido para el uno y ni un instante, por lo menos yo he de confesarlo, dejamos de preguntarnos constantemente cual era el sufrimiento que el otro podía estar padeciendo en aquel instante o cual la alegria o gozo. Yo, no deje de imaginarmela ni un solo momento. Cada vez que algo me reforzaba internamente sentía deseos grandes de acudir a ella y contarselo con detalle. Cada vez que surgía en mis ideas una simple razón para odiarla o amarla me comían las ganas de narrarsela.
Empecé a quererla de sobremanera. Querer. Cuan extraño se presentaba ante mi aquella palabra y sentimiento. Hasta entonces: ¿qué era querer?, ¿qué se sentía queriendo?. No podía ejercer la credibilidad ante la presencia en mi de la gran duda que suponía la respuesta ante el interrogante de si era capaz la raza humana ser creadora de fruto tal como ella lo era. Sobre su imagen descansaba el sosegado triunfo de la fabrica natural y sobre su genio embrujado las más gratas felicitaciones que cualquiera de los mortales daba al posar sobre MIA sus pupilas abrumadas ante la grandiosidad pura del ser en esencia y existencia. No había, pues, cosa en la tierra superable a ella. Mi misma alma se veía resignadamente superada por aquel nuevo astro que iluminaba ahora mi vida. Ella alimentaría a partir de entonces mi boca con sus vituallas de amor inolvidable. Todo momento en mi se llamaba como ella, si hablaba solo, era a ella a quien le hablaba, si dormía solo, era con ella con quien lo hacía. Me había absovido el craneo pleno de muebles sin ordenar, como si de una vivienda presta a ser habitada pero que nunca alcanzaba serlo. Ella fue la primera y unica verdadera inquilina en mi mente. Esta se sometió gozosa a ser gobernada por los recuerdos, gobernanzas y deseos de MIA. Era una verdadera sumisión placentera y bastaba con dar; nada exigia mi cuerpo por donarlo todo, bastaba con su solo presencia cerca, muy cerca; concluían los días al de ella despedirme y empezaban al con ella toparme. Empezó a ser referente en mis horas, en verdad ¿qué otra estrella precisaba yo del firmamento si de él había descendido aquella que tanta luz desprendía por doquier?, ¿qué sol necesita ya flor a la que bañar de rayos si MIA era sol, era flor, era día y noche, era escandalo y rezo, era guerra y paz, luna y mares, pasión, locura, madre, hija, diosa, heroína... mujer?.

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