Lucía colgó el teléfono inalámbrico
presionando la tecla de rigor con evidentes muestras de meditación difusa.
Llevó la antenilla plastificada a su boca, y mordisqueó la prominente bolita de
su extremo en el gesto impávido del que rumia en lo gris de su cerebro el
asunto que permanece inconcluso, pendiente de la duda de la indecisión. Se dejó
caer de golpe sobre el sillón del salón, y tras la ventana observó el batir de
la lluvia estival en la terraza, y como las enormes y robustas plantas de su
madre parecían pelearse por beber de lo que del cielo descendía, tal como
sedientas mujeres extraviadas en el desierto. La felicidad en deflagración
demostrada por su hermano mayor al conocer la nueva de su casamiento no contó
con la suficiente animosidad como para transmitirle el júbilo a ella quién,
embargada por entera con esa maniquea visión sobre el resultado último de toda
decisión por ella tomada, fiel a sus miedos al fracaso continuaba, a pesar de
sus ya treinta y dos años cumplidos.
Lucía siempre fue
luz para los suyos y penumbra para si misma. Bajo el manto de canela que teñía
su cuerpo, bello, dócil, causa y consecuencia de la locura de cualquier hombre,
y la azucarada expresión de su mirada azabache, la niña de la que lamentables
discursos surgían entre sus allegados cuando su ausencia en lugares se mostraba
no lograba hallar la decisión última, aquella que hubiese de permitirle pegar
ojo noche tras noche convencida de haber alcanzado la suma voluntad, lo que su
corazón realmente requería. Camino de los treinta y cinco, temía caer en el mismo
pozo que su hermano, ese agujero de soledad sobre el que muchos y muchas hacen
caer las cuerdas del falso auxilio, muchas de las cuales se transforman en la
soga del asfixiado, cuando no en la que maniata e impide el movimiento de
querencias. Luis le estaba tendiendo ese socorro, y ella aceptaba ser extraida
del pozo de la incertidumbre sempiterna. Mas, como era costumbre en ella, Lucía
sospechaba de la sinceridad de su prometido; temerosa creíase de que, una vez
lograse alcanzar la boca del pozo, desde ella él le diese ese beso para luego
volver a dejarla caer en el abismo de lo inconcluso, de la duda enquistada, de
lo nuevamente fugaz. O aún peor: que fuese ella misma la que del fondo no
quisiese nunca extraérsele, aceptando declararse culpable para atenuar así su
desgraciado y apenado hacedor de latidos.
- Cariño, ¿cenarás
aquí esta noche?.
- No, mama. Luis y
yo quedamos con unos amigos suyos para comentarle la noticia. Cenaremos fuera;
vendrá a buscarme dentro de poco.
- Esta bien, hija,
como veas.
Lucía miró a su
madre. Su madre vio esos ojillos negros quejarse, le tomó una mano entre las
suyas, y luego le izó el rostro compungido elevando su barbilla.
- Tu padre está
preocupado, lo sabes, ¿verdad?
Con brusquedad,
Lucía arrancó de las manos de su madre la suya propia y le dio la espalda
simulando descafeinar la supuesta desolación de su progenitor.
- Ay, mira mama, no
me comas la cabeza. Papa siempre se excedió impetuosamente en preocupaciones
para conmigo. Soy mayorcita y se lo que hago. Procura extirparle de su mente la
agonía que padece sin motivo alguno.
- Lucía, esta vez tu
padre tiene motivos para preocuparse. Tu aventura anterior no fue, que digamos,
para creer en tu madurada capacidad de decisión.
- Mama, déjalo ya,
¿vale?. Luis me quiere como nadie, me aprecia muchísimo, incluso más que papa y
tu juntos, está decidido a hacerme feliz, y le creo, y punto, se acabó.
Entre ambas reinó el
silencio por unos segundos. Lucía sabía ya cual era la siguiente pregunta de su
madre.
- Pero, ¿y tu,
Lucía?... ¿le quieres?
Inoportuno para la
madre, pero muy adecuado para la hija, el estridente sonido del portero
automático del inmueble interrumpió la conversación que ambas mantenían. Con
celeroso ímpetu, Lucía urgió el reclamo que desde la entrada al edificio se enviaba,
y con la audacia de quién escurre el bulto lanzose a contestar la llamada. Su
madre, abandonada por su hija en la preocupación, permaneció mirando por la
ventana sus plantas semi-arbóreas: <<No les es bueno tanta agua, hay que
meterlas en el patio interior>>, pensó para si.
- Es Luis –dijo
Lucía tomando su bolso del tresillo- Me llevo un paraguas, ya te lo traeré.
- Lucía...
- ¿Qué, mama?
–respondió fingiendo hartura.
La mujer, en su
quietud física y verbal, pareció estancarse. Al fin, logró desembuchar lo que a
presión contenía en su mente.
- Yo también te
quiero mucho, hija.
- Claro, mama, eso
nunca lo dudé –y ambas se fundieron en un abrazo- Os mantendré informados.
Adios.
Luis aguardaba
fumando un cigarro apoyado en el capó del BMW. Vestía un pantalón color crema y
una cazadora primaveral a juego sobre una blusa blanca de corte oriental que le
dejaba parte de su varonil pecho al descubierto. Cuando vio llegar a Lucía,
despidió el pitillo a medio terminar y se dirigió hacia ella para fundirle un beso
en sus labios. Tras la salutación, a medio camino entre lo protocolario y lo
forzado, él se encamino presto a entrar en el automóvil; Lucía, quieta y
estupefacta, contó ésta como la enésima vez en la que Luis no tenía un gesto
para con ella, un detalle que refrendase el afecto que hacia su persona
guardaba, un gesto tal y como el abrirle la puerta de entrada al vehículo como
el que placenteramente recibe el agasajo esperado. Nuevamente, tuvo que ser
ella misma la que se honrase imaginando ser la dama complacida, abrió por sus
propios medios la puerta, y entró. El motor del BMW rugió, y la pareja partió
rumbo a la cita acordada.
- ¿Qué tal todo,
pequeña? –estaba harta de que la tuviese como algo necesitado de cobijo y
consuelo.
- Pssss, como
siempre.
- ¿Te encuentras
bien?
- Sí, Luis, sí,
estoy bien, no te preocupes.
En tres minutos no
se dirigieron la palabra. La ciudad bullía por las cuatro esquinas, la gente en
la calle parecía aprovechar la pequeña tregua que la inoportuna borrasca
veraniega le ofrendaba, y correteaba de un lugar a otro presa de las prisas y
las paciencias olvidadas. Los claxons de los coches ponían énfasis en lo
alterado del ambiente y saturaban los tímpanos de pitidos que permanecían en
los oídos como los ecos de las sirenas míticas, llamando al mundo a la bacanal
festiva, a la feria de lo vanidoso, a la verbena de las irascibilidades. El
asfalto mojado ponía brillantina a las ilusiones de la muchedumbre.
- ¿Cómo se lo han
tomado? –le preguntó a Lucía.
- Papá no estaba en
casa. Solo se lo dije a mi madre. Avisó también a mi hermano.
- Y tu madre, ¿qué
ha dicho?
- ¿Qué va a decir?
Con el apoyo de mi madre siempre contaré, es una santa. Lo peor es mi padre, ya
sabes.
Luis posó una de sus
manos sobre el muslo de ella.
- Tranquila, tendrá que
aceptarlo tal y como viene. Lo entenderá, seguro.
- No lo tengas por
tan seguro. –le reclamó Lucía sin desviar la vista de lo que por su ventanilla
observaba.
En el exterior del
coche comenzaba a llover de nuevo. Los chubascos estivales son de los más
molestos que existen, ora caen con brío sobre las cabezas caldeadas de las
sufridas gentes, ora cesan su ímpetu y permiten el escarceo tímido de los rayos
de sol entre el manto gris de los cumulonimbos. Este agosto estaba siendo menos
común de lo que las leyes estacionales rigen; eran ya casi quince las jornadas
en las que el calor era lo extraordinario, y las precipitaciones y borrascas
profundas, lo más corriente. Sin embargo, tanto la humedad relativa del
ambiente como el termómetro, hacían posible no excederse uno en el abrigo, y sí
permitirse el lujo de caminar con ropa veraniega bajo un paraguas invernal.
Lucía odiaba esas contradicciones meteorológicas.
- Luci... ¿en que
piensas? –se preocupó su prometido. Ella, sin embargo, correspondióle con un
sucedáneo <<Nada>>.- Dame un cigarrillo, anda.
- No tengo más que
uno, hay que comprar ahora, ya sabes que en el restaurante ni venden, ni dejan
fumar. –dicho esto, tomó el último de los cigarros que le restaba, y lo
prendió.
Luis detuvo su
marcha en la primera ocasión que tuvo para divisar entre lo espumoso del
ambiente exterior un estanco expendedor, le pidió a Lucía prestado el paraguas,
y se dispuso a satisfacer los vicios de ambos cuando ella, asiéndole el brazo
con su frágil mano, lo retuvo en su salida.
- Luis...
- Dime.
- Le he comentado
nuestro próximo compromiso a mi madre, pero nada le dije sobre nuestra cercana
paternidad.
- Oh Lucía, por
Dios. ¿Por qué no lo has hecho? –Luis se percató de la situación ilegal en la
que había detenido su vehículo, y saliendo de él con el paraguas abierto tomó
la “sana” encomienda de relegar a su vuelta la conversación con Lucía.- Ahora
vuelvo y hablamos.
Justo cuando extrajo
su persona del BMW arreció la lluvia como hasta nunca lo había hecho durante
aquellas dos semanas de ininterrumpidas descargas pluviométricas, con fuertes
rachas de viento que inútiles convertían los paraguas. Llegó al otro lado de la
calle casi en la más completa de las anegaciones, con sus impecables pantalones
color crema mojados hasta la rodilla. Bajo los salientes de las fachadas
–lugares más que privilegiados para cualquier precavido que osara poner pié en
la calle tal día como aquel-, los escasos portales que permanecían abiertos,
las marquesinas de las paradas de buses, y las bocas de metro, la gente se
agolpaba profiriendo toda clase de maldiciones, exclamaciones aterradas, y
santiguándose de cuando en vez convirtiendo aquellos momentos en los mismos que
sucedieron a la crucifixión de Cristo en el Gólgota. Un rayo de luz, como si
del flash de una instantánea se tratase, iluminó los rostros de los personajes
que recogidos se mantenían a resguardo durante un segundo, justo cuando Luis
hacía entrada en el estanco. A continuación, un estruendo ocupó todo el espacio
que por ocupar había en aquel momento. El sonido recorrió la calle, penetró en
todos los portales, ascendiendo como una indiscreta visita por las escaleras,
entrando en las viviendas, en los oídos de los hombres y mujeres que en el
exterior había. El gentío profirió toda clase de gritos, alabanzas, alguno
chilló de alegría. Luis fue consciente de que era el primer tronar que había
escuchado en seis meses; el primero, y el más escalofriante.
- Me das dos de
Chester, por favor.
- Son cinco treinta.
–el mozo que atendía el estanco era manco, sin embargo parecía ducho en su
imposibilidad, y flirteó con el cambio con la destreza de quién pueda tener
tres extremidades y se jacta de ello, de su anormalidad.- Menuda que está
cayendo, ¿no?
Luis no le
correspondió al comentario, huyó del local como quién aterrorizado escapa de
una bestia abominable. De lo que pretendía extraerse era, sin embargo, de sus
propios pensamientos, de lo cruel que estaba siendo Lucía con él, y consigo
misma. Al inicio del camino era imposible atisbar la meta a alcanzar, por
tanto, Luis no creyó necesario ni tan siquiera emprender la afrenta del
caminar.
- Hasta luego, ¿eh?
–dijo el mozo con retranca tras la barra que lo separaba del prójimo y que lo
mantenía cerca de los vicios de aquel mismo.
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