La razón es herramienta sine qua non nuestra meta sería
inalcanzable. Pero no orillemos, sin embargo, el protagonismo del instinto a un
segundo plano. El instinto nos aporta la animalidad suficiente para sobrevivir
a los embites de los “perfectos”, los que se jactan de poseer el poder y lo
inherente a él: sabiduría, genialidad y futuro firme. El instinto esconde el
poderío. Con el arrojo impulsivo del instinto -ese que los que hoy detentan ese
“poder” hacen asignarle los apelativos de “bestialidad”, “aberración”,
“inhumanidad”, y otros de similar calibre- se cimienta el otro devenir, el que
elevará al hombre sabio y animal sobre todas las cosas que de siempre gozaron
de tacto, visibilidad y audibilidad para nosotros, aquellas que esconden la
respuesta del acertijo. Izará a aquellos sobre los otros, a los hoy bajos sobre
los hoy encumbrados, a los caducos sobre los eternos. Intentaremos crear del
esclavo al dios. Someteremos a tormento a quién desde tiempos seculares nos
somete bajo el yugo del miedo y la imposibilidad de conocer y saber más.
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