No hizo falta que me
esforzara en adivinar todo el esplendor que guardaba su rostro; en medio de mi
soberana contemplación, giró su cabeza y clavó su dulce mirada azul en mi.
Avergonzado, rehusé soportarle más de centésimas de segundo la intensidad de
tanta belleza y troqué mi anterior gesto de asombro en otro de cobarde
inocencia culpable mientras recomponía mi interés por la información local.
Creo que me ruboricé; creo que ella se dio cuenta. Pero tampoco fue capaz de
mantener su ojo en mi, más bien creo que fue debido a que solo pretendía
interesarse por la persona que compartía aquellos dos metros cuadrados con
ella. Cualquiera lo haría.
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