Leía con ímpetu depredador el
periódico del día, en la cafetería de costumbre. El café, cerca de enfriarse,
permanecio en el olvido hasta que me percaté de como solicitaba casi a gritos
lo ingiriera con celerosa decisión. Era sábado por la tarde y, como siempre,
analizaba en la prensa las acometidas de la vida a lo largo de todo el orbe:
acuerdos antiterroristas y reformas estatutarias en “Nacional”, violencia de
genero en “Sucesos”, caos del Imperio en Irak en “Internacional”, “Burbujas
inmobiliarias” en “Economía”, y amenaza de estado de excepción en el Real
Madrid en la sección deportiva. Posé El Mundo en la mesa y bebí del café.
¡Arrggg, está como la nieve!, me dije al tiempo que esbozaba una mueca de
hastío.
El local estaba semivacio. Dos
mesas más allá, una sonrisa femenina parecio burlarse de mi despiste, mi
carantoña de asco, y de mi imprudente olvido. Alzé la vista y, efectivamente,
una mujer me observaba dibujando en su bello rostro una mofante mueca. Estaba
sola, y su café parecía estar caliente. No entrenado por la vida para soportar
una mirada mas de dos segundos, me avergonzé de mi estupidez, y fingí volver al
interés por la información. Al cabo de unos segundos osé repetir la hazaña, y
la miré. Ella correspondio, es más, semejaba no haber apartado la vista de mi
ni un solo instante. Comencé a ponerme nervioso pues, por añadidura, la mujer,
de la misma aparente edad que yo, era atractiva, y su atrevimiento colapsaba mi
conciencia. Desde entonces, a pesar de mantener mi mirada fija en el periódico,
no fui capaz de llegar tan siquiera a la seccion de pasatiempos. Por si fuera
poco, acababa de perder ochenta céntimos en un café que ni siquiera había
llegado a consumir.
Durante quince intensos
minutos aquella atrevida chica no había cesado en observarme. Yo la veía de
refilón. Sabía que así era. Al cabo de ese cuarto de hora noté como se
levantaba de su mesa, cogía su bolso, su café con leche cortado con dos
azucarillos (se lo había escuchado solicitar de ese modo al camarero), y se dirigía
hacia mi posición, en lugar de ir a la barra. Empece a temblar; me agarré
fuertemente a las hojas de El Mundo, me atusé con disimulo el pelo, simulé
beber del asqueroso café, y me encomende a la diosa Fortuna. El sonido de sus
tacones en la madera del local batían al ritmo de los latidos acelerados de mi
corazón.
- No deberías beber ese
mejunge. Hace casi una hora que lo tienes ahí, reposando, y debe estar frío a
rabiar. Te va a sentar mal –me dijo mientras sostenía entre sus manos su
hermosa y deliciosa taza de café caliente, con aquella sonrisa.- Puedo sentarme
contigo?
Izé la mirada para ofrecerle
mi atención. Era hermosa. Tardé en reaccionar.
- Sí, sí. Naturalmente. Toma
asiento.
- No incomodo? – Se aseguró de
que no resultaba improcedente su actitud. Yo negué con la cabeza, no podía
articular palabra alguna.
Se sentó. Se sentó como solo
saben sentarse las diosas griegas impresas en las cerámicas de terracota, en
escorzo, sin doblar en exceso su espalda y genuflexionandose lo necesario para
luego cruzar sus piernas con armonia femenina. Retiré el periódico de la mesa,
pedí al camarero que se deshiciese de mi consumición lo antes posible, y
cascarreé fugazmente mi garganta para dar lo mejor de mi.
- Me llamo Annie. Y tu?
- Yo? –quién si no, estupido?-
Eeeh, yo soy Samuel. Encantado
Me besó en las dos mejillas.
Fueron dos besos auténticos, con sus labios; no una simple aproximación de
mejillas como hacen la mayoría de los mortales, de esos besos que te dejan los
carrillos ligeramente empapados, y que revelan que quién te los plasma tiene
decidido lo que desea. Permanecimos unos segundos en silencio, yo haciendole
creer que no había perdido contacto con el interés por la información con leves
y falsas ojeadas al jornal. Ella rompio el hielo de nuevo al cabo de un rato,
siempre con esa actitud desafiante en sus vivos ojos. El mover de su cuerpo me
recordó a la serpiente que acapara con su abrazo mortal la presa antes de
ingerirla: lento, meditado, y con un sutil toque de cinismo.
Era una chica tremendamente
femenina, como a mi me gustan.
- Te gusta leer los
periódicos, estar al tanto de todo lo que acontece?
- Lo hago con asiduidad, sí.
Siempre digo que antes informado que alimentado. Tardes como esta, las de los
fines de semana, las empleo en revisar la prensa nacional. Le dedico una media
de dos horas.
- Vaya, eso es inusual en un
chico de tu edad. La mayor parte de ellos se aferran al Marca como el niño al
pecho de una madre.
- Sí, bueno. Alguno habrá que
padezca del mismo síndrome, no?
- Seguro, aunque no tan
interesante como tu. Tu atención va más allá de los simples titulares.
Su respuesta crucificó mis
sentidos, me inutilizó por completo, me dejó sin defensas. Aquella hermosa
chica, Annie, iba directa, duro y a la encía. Poseía unos tersos y voluptosos
pechos, y las lindezas de sus piernas asomaban entre la levedaz de la falda que
portaba con garbo y encanto. Dentro de mi pantalón, en mi entrepierna, sentí
repentinamente una sinceridad inevitable. A duras penas me convencí de que por
aquel camino no podía continuar: o abandonaba la táctica del intimidado, o
pasaba a ser yo el acosador. Maduré la decisión, y aposté por seguir su
sendero.
- Lo interesante de mi aún
está por ver. –le dije- Dime: porqué me crees como “interesante” si aún no me
conoces a fondo?
- Te he estado observando...
- Eso lo sé fehacientemente
–la interrumpí. Fue mi primer golpe.
- Te he estado observando y me
parecistes un chico ... atractivo, interesante, incluso me atrevería a decir
que excitante.
- Está bien, di: que has
venido a buscar?
- A ti
- Estas de caza?
- Te quiero en mi habitación.
La decidida actitud de la
chica me turbó. Decidí cambiar de lugar, abandoné la silla y me ubiqué en el
sofá en el que ella reposaba sus huesos, de modo que me aproximé un poco más a Annie
hasta el punto de que nuestros alientos podían ser percividos con nitidez.
Busqué mostarle mi mejor perfil, moldeé en mi faríngea voz el tono adecuado
para la conquista, y me lanzé al vacio. Comenzé con un descarado escrutinio a
todo su cuerpo.
- Lo sé. Sé que te gusto. –me
insinuo- Pertenecería a las leyes más extrañas que yo no te causase admiración.
- No es tu físico lo que más
me gusta. Es el uso inteligente que de él haces. Me gusta tu altiba soberbia,
lo capacitada que te sabes para lo que quieres conseguir. A mi acudes
conocedora de tus posibilidades, y seguro que eres de esas mujeres que nunca
reciben una negativa ni la contemplan dentro de sus planes.
- Así es. Llevas razón. Son
muy escasas las ocasiones en las que un hombre resiste mis embites. –tomó un
cigarrillo, lo prendio, y posó sobre la mesa sus codos, de modo que desde mi
posición sabía que podía entrever lo que se escondía tras la linea central de
sus senos. Continuo luego disertando- Entre nosotras, las mujeres, se
generaliza sobre las reacciones innatas de vosotros los varones, y que nos
tenemos por sabedoras de vuestras debilidades y flaquezas, y que son las mismas
las que nos sirven de apoyo para alcanzar los fines. Yo, sin embargo, no creo
en ello, y heme aquí ante ti, y a ti te expongo mis principios: no hay un solo
hombre igual, las que son idénticas son las argucias que nosotras, las mujeres,
contra ellos empleamos.
- Son las tuyas similares?
- Con cada hombre me propongo
el experimento. De cada uno aprendo algo nuevo. Con ello voy forjando mis
propias teorías, procurando que mis artimañas semejen ser irrepetibles.
Su estudiada manera de coger
el cigarrillo y llevarselo a la boca me estaba desconcertando. A cada bocanada
de humo que ingería le acompañaba una pícara mirada de deseo y desafío. Sus
pechos, redondos y perfeccionados por el tiempo, enmarcaban el talento de sus
gestos como el lienzo en la pinacoteca de la lascivia.
- En verdad que eres “justa y
necesaria” para este mundo de tormentos. –le dije- El ser humano ofrece en ti
la gloria de la evolución, te muestra como su obra suprema. ¿Que otros seres en
el cosmos mostrarían cosa más bella que tu? Tu eres el fin del proceso
evolutivo, en ti se detuvo la historia para no ser continuada, por miedo a que
tu muerte y desaparición consuma a la humandidad entera.
Annie se sintio sonrojada por
momentos; despues, recompuesta su maniobra, lanzó su caballería contra mi.
- Entonces, aceptas mi
proposición?
La pregunta descendio como el
Pentecostes hasta mi razón, que por aquel entonces se hallaba inutilizada por
completo. Era el momento de llevar la iniciativa.
- No, no acepto –le espeté
despues de unos segundos. Ella fingió no sentirse despreciada; parecía
acostumbrada a recibir en ocasiones ese tipo de resultados, por pocas que
hubiesen sido las veces en que ello le hubiese acaecido.
- El motivo?
- No hay motivo. Simplemente
es un órdago.
Modificó radicalmente su
rostro hasta transformarlo en el de una gata preparada para salir a los
tejados. Luego añadio desafiante:
- Me estás retando?
- No. Solo te estoy rondando
–matizé con un sutil tono de voz.
Enseguida se dio cuenta de por
donde iban mis intenciones. Creo que incluso fui capaz de notar en ella su
excitación. Modificó lentamente el cruce de sus piernas, evitó en el último
segundo morderse el labio inferior, posó su rostro en una de sus manos mientras
me lanzaba una infantil sonrisa –ello me demostraba que estaba rendida-, y con
la otra se acaricio los gemelos de las piernas rozandolos con las yemas de sus
dedos.
Era hermosa como un retablo
barroco. Plena, de deslumbrantes ojos negros y cromados labios carnosos,
coronada por un cabello caótico, plétora de lujuriosos deseos. Hasta mi
pituitaria llegaba el aroma de su perfume, sedante y tentador, a polen, a
fecundidad, como extraido de su propio celo, en cantidad comesurada para que no
resultase ni muy embriagador, ni excesivamente fugaz al olfato. Pero necesitaba
oler su piel al natural. Ampliose el espectro de la luz cuando, de repente, Annie
lanzó una carcajada al aire.
- Donde está el cómico? –le pregunté.
- Tranquilo, cari, no me rio
de ti. Simplemente, me gusta como estás llevando la situación.
- Con cautela, pero
decididamente.
- No serás tan irresistible.
No emplees muchos esfuerzos en sortearme. Tarde o temprano verterás tu
virilidad en mi, serás mio.
- Ya lo soy –le dije al tiempo
que llevaba una de mis manos a su nuca y comenzaba a impregnarsela de
relajantes masajes- De lo que se trata ahora es de que tu seas mia. Has elegido
mal, nena. Te has dejado llevar por la intuición, y has venido a toparte con el
supremo carcelero. Soy yo el Maestro de Justicia que cantaban los esenios, he
aquí el Dios de los Altares, acabarás loandome.
Annie volvio a soltar una
sonora carcajada. Yo continue amasandole las ideas con mi mano recorriendole la
nuca. Ella adaptó tímidamente su postura, y se hizo más receptiva a mis
caricias.
- La sonrisa es el camino más
corto hacia la fe –le repliqué- Nuestro Dios, el cristiano, exige fe a cambio
de salvación eterna. El místico eleva sus plegarías a Él en busca del confort
de su alma, la expiación de sus faltas, la salvación perpétua. Cuando alcanza
el éxtasis, la unión con Dios, el místico se siente feliz al ver plagada de
gracia su fe. Y sonrie.
- Que relación guarda eso
conmigo y mi propuesta?
Annie empezaba a sentir placer
con mis caricias. Movía cadentemente su cabeza de un lado para otro, y su voz
parecio bajar de volumen.
- Tu risa te llena de gloria.
Quizás porque estás en ella. Eres mi Santa Teresa y yo, tu Dios.
- No tengo Dios.
- No hay Dios que te tenga a
ti.
Insistio de nuevo en sonreir,
esta vez con mayor énfasis, si cabe. Parecía una niña en medio de una reunión
familiar, invadida por la alegría de sentirse querida por los suyos. Era lo que
yo buscaba desde que había decidido arrebatarle la iniciativa: extraer de ella
esa gracil chiquilla de vivos ojos, juguetona, impaciente por cumplir sus
caprichos.
En el sonido de ambiente de la
cafetería en la que nos habíamos encontrado Annie y yo comenzó a sonar el
“Nocturno en Mi Bemol” de Chopin; el piano acariciaba la atmosfera como una
brisa a la que se le oye llegar desde lejos. Dirigí entonces mi mirada hacia la
barra donde se encontraba Edu, y le guiñé el ojo. Edu correspondio con una
cómplice sonrisa.
- Mmmmmm. Que bonito piano ...
–dijo Annie envuelta en la seda de las notas de la composición. Yo, mientras,
proseguía acariciandole la parte inferior de su cabeza.
- Está llorando, se queja,
tiene dolor.
- Pero a mi me gusta oirlo
llorar.
- Sabes bailar el vals?
- No –respondio quejumbrosa,
algo decepcionada.
- Yo te enseñaría.
Abandoné los masajes, le tomé
una mano, y comencé a doblarle uno por uno sus femeninos dedos, presionándole
levemente la articulación de cada uno de ellos. Rapidamente, Annie comenzó a
sentir un placer desconodido hasta entonces por ella.
- Eei –musitó- Me gusta.
- El vals no se baila, se
sueña. No se aprende, se aprehende. No tiene una secuencia monótona y continua
de pasos, sino que posee la capacidad de que sean tus pies los que dialoguen
con tu pareja, y te muestren a ella. No hay la pasión que puede haber en el
tango. El tango es terrenal; el vals, en cambio, es celestial, trasmundano.
Girando los cuerpos al ritmo de la música se alcanza fugazmente, aparte de la
unión física, la mental. Se trata de la fusión de dos voluntades que, al cabo, terminan
por convertirse en una sola. El siguiente paso es la Transustanciación.
- Transustanciación?
- Sí. Sería muy dificil de
explicar. Según el catolicismo, la presencia espiritual de Cristo en la
celebración de la misa se vuelve presencia física al ser consagrada la hostia.
Dios se vuelve perceptible a los sentidos. Eso es Transustanciación. Algo
semejante a un rito mágico-sagrado.
- Y en el vals acontece
exactamente lo mismo? –preguntó incrédula y burlona.
- No.
- Entonces, por que me cuentas
todo esto?
- Porque quiero tenerte.
Quiero fagocitar tu persona, engullirte, devorarte. Volverte parte de mi, parte
indisoluble. Quiero ser la enzima de cada uno de tus pensamientos, depredarte,
hacer que cometas los mismos errores que yo, las mismas estupideces...
Annie sonrio otra vez y liberó
sus manos del masaje que le estaba propinando. Luego, dijo desafiante:
- Crees realmente que
conseguirías eso de mi? Que te hace suponer que caeré en tu trampa?
- Sí, lo creo. De momento ya
has cometido uno de mis errores. Ya te tengo.
- Que error?
- Tu café. Está frio como la
nieve. Te va a resultar imposible ingerirlo. He conseguido atraer tu atención
lo suficiente como para que desdejases tu consumición.
- Serás cabrón! –dijo mientras
esbozaba una sonrisa de niña divertida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario