viernes, 19 de septiembre de 2014

Oscuridad castellana. Antecedentes



En la Edad Media peninsular, los territorios (con mayor densidad de población en el rural) se repartían en dos grandes grupos: los señoríos de realengo y los señoríos nobiliarios o feudales propiamente dichos.
A los primeros se les denominan de tal modo por estar bajo la tutela del Rey, quién les otorga carta de libertad o fueros para que ejerzan con autonomía (y en nombre del monarca) la recaudación de impuestos, la disposición de normas y la mayor parte de las reglas de convivencia e incluso el reclutamiento de hermandades (algo así como las primeras policías locales). Este tipo de señoríos se suelen identificar en su mayoría con las ciudades (irrisorias por aquel entonces, más villas que ciudades, pues el Medievo son casi mil años de decadencia tras la caída del Imperio y el abandono de los grandes centros urbanos hacia tierras rurales). Al propio Rey le interesaba tener bajo su señorío cuantos más centros de realengo mejor para hacer frente a los nobiliarios, y a las propias villas les primordiaba antes ganarse cuanto antes mejor el favor real para así escapar de los dominios del señor de la comarca de turno. Es por ello que las villas, reunidas en los primeros Concejos, formados por representantes de todos los estamentos sociales (en teoría, pues en la práctica tan solamente los “bellatores” –guerreros, al fin de cuentas los señores feudales-  y los “oratores” –el clero-, y en menor medida los gremiales, tenían poder de decisión) se conformaron en centros de conflictividad social desde bien iniciado el primer milenio.
Los señoríos feudales, a su vez, podían ser de dos tipos: nobiliarios y eclesiales. De entre estos últimos cabe destacar a los obispos como importantes señores, los cabildos catedralicios (el mayor y más importante de la España medieval era el de Santiago) y los del clero regular (los monasterios, que también dispusieron de mucho poder en Galicia). Los dominios nobiliarios, aunque de menor número en Galicia, los regentaban, como no, Grandes e hijosdalgo. Tanto los señores laicos como eclesiásticos pleiteaban de continuo con el Rey por hacerse con mayor número de dominios (cabe recordar que el reyes no lograron alzarse como únicos y verdaderos señores de todos los territorios hasta bien entrado el s. XV, cuando los Reyes Católicos lograron imponer su gobierno sobre todos los nobles tras siglos de luchas intestinas que enfrentaron de seguido a las diferentes casas y linajes por poner y deponer y por mantener las independencias lejos de injerencias de los monarcas y estirpes señoriales rivales). Este tipo de señoríos contaban con la mayor parte de sus dominios en territorios rurales, donde precisamente se reunía la mayoría de la población, la cual vivía en régimen de vasallaje trabajando las tierras de estos señores, entregando los tributos periódicos según el criterio del señor, batallando a sus órdenes cuando este reclamara sus servicios, etc,  a cambio de protección permanente al campesino, muchas veces malentregada por los señores feudales en formas de malos usos y costumbres, abusos varios y todo tipo de injusticias y explotaciones. 
Junto a todo tipo de derechos, el señorío feudal contaba con otro tipo de prebenda que, si cabe, ejercía igual influjo que el dominio y propiedad de la tierra: el señorío jurisdiccional. Éste, se basaba en el derecho que el propietario de la tierra tenía para impartir justicias sobre ella. En ocasiones, se daba la circunstancia de que dentro del dominio señorial se encontraba una villa bajo realengo (sujeta por tanto únicamente a la justicia del Rey) y era ésta muchas de las veces la principal razón de conflictividad entre la ciudad (y dentro de ella, el Concejo) y el feudo, entre partidarios del rey y los que velaban por los intereses del señor. En Ourense, como en muchas otras villas, la documentación de la época nos deja sobrados ejemplos de las luchas entre el obispo de la sede, pretendido dueño y señor de la ciudad, y el concejo de la misma.
Las torticeras maniobras de los señores feudales para con sus vasallos plasmadas en, como así muestran los testimonios escritos, violaciones, abusos, etc, llegaron a las diversas manifestaciones de revueltas campesinas que entre los s. XIV y XV sacudieron toda Europa occidental. El pueblo, reunido en diferentes Hermandades, se alzó contra la nobleza opresora. En gran parte de los casos, estos alzamientos contaban con el apoyo (efectivo o moral) de los reyes quienes, aprovechando la ocasión de poder subyugar el poder nobiliario que los contravenía, no dudaron en alentar estas revueltas. En el caso de Galicia, las Irmandades se rebelaron con crudeza contra los condes y marqueses llegando hasta la prácticamente total desaparición de las casas nobiliarias gallegas, con la quema de las fortalezas, ajusticiamiento de señores y la persecución de todo testimonio personal o material de los mismos. Es aquí donde los reyes de Castilla y Aragón, matrimoniados y en trance de la unificación de los reinos, Isabel y Fernando, aprovechan la ocasión y decretan la “Doma y Castración del Reino de Galicia”. Para ser más exactos, los monarcas aprovechan el levantamiento popular contra los señores galaicos para hacerse un hueco en el que imponer sus políticas de expansión y consolidación, y haciendo causa con los sublevados no desechan la oportunidad de ir colocando en aquellas plazas nobiliarias de Galicia donde iban cayendo sus cabezas a nobles de orígenes extranjeros, principalmente castellanos, fieles a sus doctrinas centralistas, castrando por completo cualquier atisbo de autonomía política señorial gallega y aniquilando ya para siempre los anhelos de independencia de los mismos. Un ejemplo reflejo de estos acontecimientos de la Baja Edad Media gallega y de las maniobras políticas de los reyes españoles para decapitar de una vez por todas la autonomía del Reino de Galicia es el caso del Mariscal Pardo de Cela, de quién recomiendo una lectura imparcial (y bien documentada) de su vida y hechos para lograr entender con aproximación todo lo aquí relatado y expuesto.
El pueblo gallego de aquel entonces, y como hoy en día, colabora, consciente o insconscientemente, con el invasor castellano. Son ya quinientos años de decapitación de todo intento de Rexurdimento idiosincrático, idiomático, cultural e identitario. Quinientos años de oscuridad bajo la sombra castellana.

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