miércoles, 1 de abril de 2015



Aquí, el Justo imparte equidad a quienes han sabido ser leales. En otro lugar, escupidos a las entrañas de la tierra, se hallan los que han dudado de lo que ves en estos parajes, y sus carnes sufren el castigo inmenso. En las hogueras de la infamia, en las celdas de la ignorancia, de la impiedad y envidia; en los patíbulos de la desesperación, entre los grilletes del pecado, sobre las espinas que forman los huesos de los padres de la maldad descansan sus almas. Así se topan hoy los despreciados. Debajo de los que hoy gozan de su recompensa, en el estomago de la bestia del dolor; irreconciliables con el perdón, sus párpados jamás se hallaran cerrados y jamás conocerán descanso. No lo merece. Su sufrimiento no merecerá nunca descanso; y sus pupilas se pudrirán mientras observan la tortura eterna en espejismos, en su cuerpo. Gritarán en los siglos la piedad que en sus corazones nunca había habitado en vida. Eternamente, jamás la tendrán. Así se topan hoy los desheredados. Su alimento son sus vísceras; su sed, aplacada con torrentes de fuego que descarnan sus gargantas. Se ahogan en su sangre. Así se topan hoy los expulsados.
A vuestra razón le corresponde el verse o no merecedor de tales sinos. Séd concluyente con lo que os he mostrado y postraos, ofrendad vuestros despreciados sueños a quién demuestra ser vuestro mentor, y el de todos los hombres. Amad como El lo hace para vos y vuestros semejantes, haced observables vuestros actos hacia Él y obtendréis lo que primero vuestros sentidos han catado. De no ser de tal modo, estaréis entre los que padecen y se arrepienten en vano.
Vuestras obras serán vuestros testigos y abogados el Gran Día.”
- ¿Vuestro gran Señor es el que es madre y verdugo de nuestros destinos? –pregunté.- ¿Es el que precisa de nuestra loor por ser el que Es? Yo os responderé: es el Juez de la humanidad, el adjudicado capaz de condenar a quién osa serle indiferente y no persignársele. Vuestro Señor es el que favorece al débil de voluntad y posee maltrechos principios, condenando al que, sabedor de su emancipación, instrumentaliza sus sueños. Vuestro Señor no es tal, es amo, nos, esclavos de sus mandamientos.
- Soy origen y fin, y también medio para el que lo precise, pues en mi se hallan las entrañas de los mundos; y a mi acudiréis cuando se abran bajo vuestros pies las rocas, se sequen los manantiales y los cielos absorban a quién se les crea merecedores de bonanza y sosiego. Resígnate a la evidencia; ¿de que otro modo puede entonces explicarse el por que de este discurso entre ambos?
- Delirios, pesadillas que mi subconsciente juzga como tales... –respondí.
- No. Verdad absoluta y omnipresente. Juzga pues como gustes; pero no niegues la esencia de quién no conoces en existencia, ya que la posesión del acto despoja de la virtuosa potencia y degrada. Por eso en vos, los mortales, en escasez se encuentra la esencia, pues es la existencia lo único que sabéis conocer y poseer, ignorando lo que sois como entes más allá de lo físico y lo carnal. Tras la tupida cortina de la muerte se halla la respuesta. Podéis encontrar vuestra inmortalidad si buscáis fe en lugar de impiedad. Ama a tus semejantes, y con ello me amarás a mi también.
- Nunca me someteré a lo que mi conciencia ignora y toma como alucinación. Este es vuestro proceder: en nuestros temores bañáis vuestras prerrogativas y a ellos recurrís para buscaros el sustento. Yo soy más que vuestro manjar, mi ser es más que vuestra fuente de energía. Yo soy el maestro en el taller de mis sueños, vos solamente sois el que en mi artesanía únicamente ve chatarra ofertándome vuestras filigranas vacías de mérito y valor. Yo construyo un mundo a la medida del hombre, más grande que el que vos le legasteis y ahora le reprocháis. Olvídate de mi y no embauques mi conciencia, a la cual tengo por muy honrosa y fiel. Convencerme nunca lograrás jamás. Vete, deja que cumpla yo la tarea para la que fui llamado.
- Un hecho auguro: serás por mi aclamado y a mi acudirás descalzo y desnudo, sin más prenda que tu piel y tus obras. Descuidar no debes.
Concluida la extraña voz el silencio se adueñó de la estancia. Devolví la mirada al crucifijo que se apostaba en la pared y sobre la cama. Con la cabeza erguida me miró. Yo le ví.
- No has de conocer el día en que todos te rindan gracias, maestro carpintero. –le dije por última vez. La pequeña cabeza cerró sus ojos cristalinos y negros como el azabache, y descolgose sobre el cuello, volviendo a su posición original, al más inanimado de los estados.
Cuando tomé la salida del convento el sol ya apuntaba alto. Entonces acudió a mi memoria la imagen de MIA. Recordé el último instante en el que su perla mirada se fijó en la mía y fue cuando aceleré el paso al tiempo que buscaba lugar alguno donde deshacerme de la prenda de abrigo impregnada de rojo intenso. Un contendor elegí como cómplice y testigo de mi aturdido ser y marché con el corazón engrandecido al encuentro de MIA. “Seguramente se encontrará confusa y desprotegida”.

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