Aquí, el Justo imparte equidad a quienes han sabido ser
leales. En otro lugar, escupidos a las entrañas de la tierra, se hallan los que
han dudado de lo que ves en estos parajes, y sus carnes sufren el castigo
inmenso. En las hogueras de la infamia, en las celdas de la ignorancia, de la
impiedad y envidia; en los patíbulos de la desesperación, entre los grilletes
del pecado, sobre las espinas que forman los huesos de los padres de la maldad
descansan sus almas. Así se topan hoy los despreciados. Debajo de los que hoy
gozan de su recompensa, en el estomago de la bestia del dolor; irreconciliables
con el perdón, sus párpados jamás se hallaran cerrados y jamás conocerán
descanso. No lo merece. Su sufrimiento no merecerá nunca descanso; y sus
pupilas se pudrirán mientras observan la tortura eterna en espejismos, en su
cuerpo. Gritarán en los siglos la piedad que en sus corazones nunca había
habitado en vida. Eternamente, jamás la tendrán. Así se topan hoy los
desheredados. Su alimento son sus vísceras; su sed, aplacada con torrentes de
fuego que descarnan sus gargantas. Se ahogan en su sangre. Así se topan hoy los
expulsados.
A vuestra razón le corresponde el verse o no merecedor
de tales sinos. Séd concluyente con lo que os he mostrado y postraos, ofrendad
vuestros despreciados sueños a quién demuestra ser vuestro mentor, y el de
todos los hombres. Amad como El lo hace para vos y vuestros semejantes, haced
observables vuestros actos hacia Él y obtendréis lo que primero vuestros
sentidos han catado. De no ser de tal modo, estaréis entre los que padecen y se
arrepienten en vano.
Vuestras obras serán vuestros testigos y abogados el
Gran Día.”
- ¿Vuestro gran Señor es el que es madre y verdugo de
nuestros destinos? –pregunté.- ¿Es el que precisa de nuestra loor por ser el
que Es? Yo os responderé: es el Juez de la humanidad, el adjudicado capaz de
condenar a quién osa serle indiferente y no persignársele. Vuestro Señor es el
que favorece al débil de voluntad y posee maltrechos principios, condenando al
que, sabedor de su emancipación, instrumentaliza sus sueños. Vuestro Señor no
es tal, es amo, nos, esclavos de sus mandamientos.
- Soy origen y fin, y también medio para el que lo
precise, pues en mi se hallan las entrañas de los mundos; y a mi acudiréis
cuando se abran bajo vuestros pies las rocas, se sequen los manantiales y los
cielos absorban a quién se les crea merecedores de bonanza y sosiego. Resígnate
a la evidencia; ¿de que otro modo puede entonces explicarse el por que de este
discurso entre ambos?
- Delirios, pesadillas que mi subconsciente juzga como
tales... –respondí.
- No. Verdad absoluta y omnipresente. Juzga pues como
gustes; pero no niegues la esencia de quién no conoces en existencia, ya que la
posesión del acto despoja de la virtuosa potencia y degrada. Por eso en vos,
los mortales, en escasez se encuentra la esencia, pues es la existencia lo
único que sabéis conocer y poseer, ignorando lo que sois como entes más allá de
lo físico y lo carnal. Tras la tupida cortina de la muerte se halla la
respuesta. Podéis encontrar vuestra inmortalidad si buscáis fe en lugar de
impiedad. Ama a tus semejantes, y con ello me amarás a mi también.
- Nunca me someteré a lo que mi conciencia ignora y
toma como alucinación. Este es vuestro proceder: en nuestros temores bañáis
vuestras prerrogativas y a ellos recurrís para buscaros el sustento. Yo soy más
que vuestro manjar, mi ser es más que vuestra fuente de energía. Yo soy el
maestro en el taller de mis sueños, vos solamente sois el que en mi artesanía
únicamente ve chatarra ofertándome vuestras filigranas vacías de mérito y
valor. Yo construyo un mundo a la medida del hombre, más grande que el que vos
le legasteis y ahora le reprocháis. Olvídate de mi y no embauques mi
conciencia, a la cual tengo por muy honrosa y fiel. Convencerme nunca lograrás
jamás. Vete, deja que cumpla yo la tarea para la que fui llamado.
- Un hecho auguro: serás por mi aclamado y a mi
acudirás descalzo y desnudo, sin más prenda que tu piel y tus obras. Descuidar
no debes.
Concluida la extraña voz el silencio se adueñó de la
estancia. Devolví la mirada al crucifijo que se apostaba en la pared y sobre la
cama. Con la cabeza erguida me miró. Yo le ví.
- No has de conocer el día en que todos te rindan
gracias, maestro carpintero. –le dije por última vez. La pequeña cabeza cerró
sus ojos cristalinos y negros como el azabache, y descolgose sobre el cuello,
volviendo a su posición original, al más inanimado de los estados.
Cuando tomé la salida del convento el sol ya apuntaba
alto. Entonces acudió a mi memoria la imagen de MIA. Recordé el último instante
en el que su perla mirada se fijó en la mía y fue cuando aceleré el paso al
tiempo que buscaba lugar alguno donde deshacerme de la prenda de abrigo
impregnada de rojo intenso. Un contendor elegí como cómplice y testigo de mi
aturdido ser y marché con el corazón engrandecido al encuentro de MIA.
“Seguramente se encontrará confusa y desprotegida”.
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