Según Descartes: “Si pensara que la alegría (felicidad) era el bien supremo, no dudaría de que es preciso alegrarse al precio que sea, y que aprobaría la brutalidad de quienes se ahogan en vino sus penas, o las esconden con tabaco”. Es cierto. Pero, sin embargo, en otra ocasión indica que “yo distingo entre el bien supremo que consiste en el ejercicio de la virtud o lo que es igual, en la posesión de todos los bienes cuya adquisición depende de nuestro libre albedrío, y la satisfacción espiritual que se sigue de esta adquisición”. ¿No parece demagogia? Si por un lado nos advierte de que no es la felicidad un bien supremo, por el otro en cambio nos anima a buscar “personal y libremente” la satisfacción que emana de la consecución de un bien supremo. “Personal y libremente”. ¿Es que el borracho no puede llegar a tener la embriaguez como un bien supremo que nace de su propia escala de valores, de su propio libre albedrío? Si es así, ¿por qué califica entonces de “brutal” la consecución de un bien que alguno tiene como supremo?. Este es un caso extremo, pero la radicalidad de una prueba (el alcoholizado) o su carácter inaudito no tiene por que llevar consigo que esa prueba sea inexistente y, por “lógica”, punible, puesto que lo que hemos dicho se podría mostrar ejemplificando con hechos y actitudes que entran dentro, incluso, de la cotidianeidad. Por tanto, la polémica es la siguiente: un orden de virtudes equivocado y consuetudinario (no existe un libre albedrío).
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