martes, 14 de diciembre de 2010

Libro I de los Decididos

El Salón de Lo Grave se ubica en la parte norte del Palacio de los Sentires, posee dos únicos vanos de luz, sin ventanas, y su ornamentación es tibia, quejumbrosa y sombría. Una vez se franquea la entrada enseguida reclama la atención un desdichado hombrecillo de rostro amable que siempre permanece sedente sobre una aterciopelada silla dieciochesca. Parece ser el ujier de la estancia, pues desde su lugar dedica un “Bienvenido” a todo el que colma de valor sus voluntades y decide conocer el salón.
El leve tránsito de una brisa inunda el lugar, arrastrando con ella el testigo del perfume natural de la piel de una virginal muchacha. Nadie conoce el origen de tal cautivador viento de componente ignorado. Al fondo, en un rincón flanqueado por un enorme lienzo realista representando a un desconocido mártir, golpeaba con gruesa decisión el pianista uno de cola, ambientando de ese modo la atmósfera del lugar con notas castigadoras, intransigentes y amonestadoras que a poco invite a uno a abandonar la penosa habitación. Una enorme mesa ovalada de nogal corona el salón. En ella descansan dos candelabros de cinco brazos teñidos en dorado envejecido, un jarrón de considerable tamaño y desgraciada decoración, un enorme frutero colmado de fresca frutería –manzanas, melocotones, pomelos, plátanos…-, un atril sobre el que reposa un arcaico ejemplar de “El Libro I de los Decididos”, y el cuerpo de una esbelta mujer extendido a lo largo de la luenga mesa, semidescuartizado, con las higadillas pendurando por sus cuatro costados, con el corazón injertado en su pálida boca, un riñón asido por su floja mano, y parte de su estómago profanado vilmente. La estampa se llamaba Perplejidad. Al otro lado, justo allí donde la vista continua viaje tras apearse en la ovalada mesa central, en la esquina contraria a la del piano y su maltratador, una pequeña mesilla daba cobijo a su alrededor a un grupo de personas que, sentadas en butacas algo más modestas o en simples sillas, tomaban café plácidamente. “Son los ignorantes”, te indica el hombrecillo de la entrada con su intercalada vocecita. “Allí, junto aquel aparador de motivos barrocos, están los sabios”. En efecto, dos figuras de avanzadas edades trataban –y digo “trataban”- de ponerse a dialogar, pues a uno la desgracia (o quién sabe si cualesquier otras merecidas calamidades) le hizo carecer de ojos con los que ver, y al otro le habían amputado las orejas y la lengua. Sobre el aparador, un reloj marcaba las horas a la inversa. Sobre él, un buho.
Crueldad y hermosura viven en el Salón de Lo Grave.

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