martes, 12 de abril de 2011

Interrumpí su alegato con un gesto de mano.
- Contais con mi palabra. Sabed que haré todo lo posible por recomponer lo que mi padre agravió, e instaré a mi hermano a que así se haga. Podeis iros a vuestras casas, la noche se presenta tosca e inhospita. Gratitudes en mi nombre y en el de mi familia. Id en paz.
Me dieron las gracias. Hombres, esposas, hijos y ancianos iniciaron la procesión de regreso a sus hogares entre claras muestras de alivio y consideración hacia mi persona. Solo una figura entre lo tenue del patio de armas permanecio inmovil y parapetada entre sus ropajes. En unos minutos se quedó sola en la esplanada. Tras no pocas dificultades, adiviné su identidad. Era ella.
- Ve tu también, el frío avanza –le dije desde el sobrado donde me hallaba.
- ¿Puedo hablar con Vos? Necesito decios algo.
No era el momento idoneó. No obstante, accedí y bajé hasta donde ella se hallaba. Tan solo el chasquido de mis pegadas sobre los maderos de la escalera y las heladas hojas de carballo descendidas a los suelos rompían el lúgubre silencio que mandaba en aquel atardecer. Una vez a su altura, allí pude recrearme de nuevo en la viveza de sus ojos, unos ojos cautivos por el brillo de las antorchas que iluminaban el patio. Cuando se despojó del capuchon que la velaba y su rostro infantil asomó sentí unas irrefrenables ganas por posar mis labios en los suyos, por llevar mis dedos a su cabello oscuro y campesino, por acunar su condición de hada de monte, por yacer con ella nuevamente como una primera vez. Contuve las tentaciones, y distancié mi persona de su presencia unos pasos, volviendo mi espalda hacia ella. Era ya noche iniciada.
- Siento lo de vuestro padre.
Mentía. Mentía por cumplimiento. ¿Como podía sentirlo luego de todo lo que la había hecho sufrir a ella y a los suyos? Mi difunto padre, mi ominosa estirpe, el azote de los despojados... Aún recordaba el nefasto día que la conocí, aquel maldito día, aquellos infernales momentos que permanecen esculpidos en mi recuerdo. Nunca dejé de lamentarlo.
- Dios hizo justicia –le maticé.
- Lo siento.
- Si te refieres a su desaparición, yo no
La sentía respirar tras de mi. La olía y la notaba.
Contaba yo dieciseis años; mi padre había acordado que ya era hora de enseñarme como debía ejercer el dominio entre los sumisos, a su modo, así que aquella tarde dispuso que lo acompañase en el ejercicio de control de los aldeanos y sus posesiones. Para mi padre una persona era ya una simple posesión, algo a lo que el contaba licencia y antojo, un objeto más a la altura de un cordero, un moyo de pan, o quarta de cebada. Cuando arrivamos a su morada, su padre estaba trabajando las tierras y su madre ayudaba en la corte al nacimiento de un nuevo ternero junto con algún que otro vecino. Así que estaba ella sola, y mi padre borracho. Aún resuenan en mi recuerdo sus llamadas de auxilio, aún lamento haber huído de allí como un cobarde.
- Se pudrirá en el infierno.
- No digais eso de quién os trajo al mundo, os lo suplico.
Aquel fatal día, aquella misma noche, fingí dormir, mas al primer sueño de todos me fui a ella. Sus padres descansaban la fatiga de los miserables tras horas de malegrías, pero ella no conseguía alcanzar sosiego, y cuando en la oscuridad de su humilde hogar contempló mi figura entrar sobresaltose, y mi mano sobre sus labios fue capaz de acallar con premura la pesadilla que la tomaba aún despierta. Cuando fio a mis buenas intenciones su persona, aproveché para expiar la falta de auxilio de aquella tarde. Me tumbé a su vera. Y lloró toda una noche sobre mi pecho, hasta que las fuerzas no le pudieron y con justicia la tomó el cansancio. Yo velé su sueño como un angel. Solo Dios sabe que siempre estaré en deuda con ella, siempre.
- Me voy, lejos de aquí. No me esperes más.
- ¿A donde te vas? ¿Por que? –Al dirigirse a mi de aquella fórmula, obviando dispensarme respeto y trato cortés como solo a ella le permitía, la sentí dolorosamente tan cercana...

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