domingo, 6 de noviembre de 2011

Logré alcanzar el segundo piso. En la unica puerta disponible en este colgaba un cartel. “LARA. PITONISA, REVELADORA DE FUTUROS INCIERTOS”. Me alegré de dar con ella. Golpeé con sumo cuidado la puerta pero esta se movió hacia dentro; estaba abierta. “Extraña seguridad practican aquí”; eran las tres de la mañana y la puerta de la vivienda estaba a disposición de cualquier desalmado. No importaba. Es más, ello me facilitaba las cosas. No tardé mucho en averiguar el porqué de aquello.
- Adelante, esperaba tu visita. –descolgo del silencio vaporoso de la casa una voz relajada y nada extrañada una tensión que para ella no existía- Has demorado en exceso tu presencia.
Entré sorprendido pero confiado, cerrando a mi paso la puerta que chirriaba descomunalmente. La casa poseía infinidad de olores y ambientes.
- He venido cuando lo he creido oportuno –dije seriamente sin saber a quien me dirigía en concreto.
Penetré en el desordenado pasadizo oscuro contiguo a la entrada. De las paredes colgaban un sinfín de objetos relacionados con el esoterismo y los auspicios; numerosas iconografías de idolos, santos, virgenes, demonios coronaban unos muros que padecían longevidad y clamaban derrumbe. No cabía más allí. Por cada metro cuadrado de aquel pasillo le correspondían tres o cuatro velas, cirios o figurillas de cera que añadían a aquel espectral ambiente una nota de misterio contenido. A cada pequeña zancada mia le seguía un chasquido del piso amaderado. Una vez acabado el pasillo me encontré ante un gran salón en penumbra en el que gran cantidad de pequeños altares ardían sin cesar y donde el espacio parecía observarme discretamente. Cada par de ojos de cada imagen o figura me miraba inquisidoramente, como conocedores de mis intenciones. Al fondo del extraño salón una butaca en la que descansaba una sombra de relieve humano, de espaldas a mi y sin intención de girarse.
- No has sabido enfrentarte a ella. –dijo la extraña figura sedente. Su voz era la de una mujer de mediana edad.
- Ha huido. –respondí mientras asía con mis manos una pequeña escultura en piedra que representaba un extraño ser, semejaba un duende. La deposité en su lugar de origen. Cogí otra de mayor tamaño y peso.
- La has dejado huir, es más, se ha marchado consciente de salir airosa del duelo. –replicó pero sin cambiar de tono su locución.- Volverá a ti con mil yugulares arrancadas y las dejará caer a tus pies, arrogante y jubilosa.
- No he venido a que me sueltes el sermón.
- Sé a que vienes.
Se hizo el silencio entre ambos. Yo, consciente de que había descubierto lo que encubiertamente me había llevado hasta allí; ella, consciente de su vulnerabilidad.
- Quiero tu corazón, bruja. Lo necesito. –dejé caer la frase en el salón pues sabía que tarde o temprano debía hacer valer mis credenciales. Sin embargo, la consistencia de la orden evito desenmascarar la tristeza que invadía mi interior pareciendo que mi voluntad era ferrea y nada ni nadie conseguiría frenarla. Era algo imperativo.
No dijo nada. Su ser quedo impavido a pesar de que ya esperaba aquello. Permanecía inmovil en su butaca de terciopelo marrón, como resignada a aceptar el destino que yo le había escrito con tintero sangriento. Llevé la vista a la figura de piedra que sostenía con mi mano derecha; representaba a una “madonna” de corte renacentista, su policromía semejaba intacta quizás debido a que había sido adquirida recientemente, lo que la contrastaba con el resto de representaciones que invadían el salón que apuntaban ya hacia lo arcaico.
- Mi corazón es ya debil –respondió a la defensiva y ya en un claro tono de súplica. Tras esto, se levanto de su butaca no sin esfuerzo.-Eres más bello de lo que esperaba-dijo tras evaluarme con la mirada, una mirada de intenso negro que sostenía una grandeza y vitalidad espeluznante. Entretanto, logré mantener mi actitud segura.- ¿Por qué te decides a esto? ¿Qué persigues con tanto ímpetu, joven pájaro cantor? Déjame... déjame ser tu maestra; yo te haré poderoso e invulnerable...
- ¿Cómo? ¿Sometiéndome a repelentes encantamientos de los que ni tu tan siquiera eres seguidora? –Mi confianza en lo positivo de lo que estaba dispuesto a llevar a cabo la aterrorizaba.– Aparta de mi tu mirada, bruja. No eres más que la encarnación de los descontentos. Tu, ingeniera de agravios, no esperes más de mi que la fuerza de mis manos presionando tu esófago. No supliques más misericordia, embustera. Bien es sabido por ti y tus “amigos” lo que vengo procurar, y cuanta necesidad tengo en ello y también conoces los caminos que tomo y hacia donde estos se dirigen. No abogues más por tu inocencia, pues yo hoy soy tu juez y verdugo, y hoy yo te condeno. Que vean tus espíritus quién ordena en lo terrenal. Muestrame tu pecho, bruja.
- ¡No, no! No lo hagas. –gritó dando un paso atrás y llevando sus manos entrelazadas al centro de su torax. - Es cierto, conozco tus más incipientes planes como también sé de tus necesidades para ellos. Pero del mismo modo pude ver en ti ambigüedad, inutilidad. ¿A dónde crees que pueden llegar tus intenciones? Yo te lo diré: a ninguna parte. Muchos han sido los que como tu han procesado la única religión, la de “No hay Dios, ni vida, ni muerte. Solo hay lo que no veís”. Y lo que los hombres no ven es dificil probarlo.
- Tu no sabes. Presto estoy para la misión que se me ha encomendado.
Dicho esto, volvió mi futura victima a dejarse caer en su butaca y en el preciso momento en que daba media vuelta y la espalda a mi le arrojé en la cabeza el peso de la “madonna” sumado a la fuerza de mi brazo. El golpe sonó en mis oidos como un leve y ruidoso silencio. El segundo ya no hizo ruido, el tercero fue un desgarro que tiñó de rojo oscuro la “madonna”. Ni un grito, ni un gemido.

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