Asi se hizo. Presenté mis credenciales y prerrogativas adquiridas durante meses de enclaustramiento y las sometí ante mi propio juicio. Yo sería juez y acusado. Mi projimo, el tribunal. Dispuse todo argumento en la defensa de mis ideales y salí al mundo desnudo. Tal y como el sol me había visto por primera vez, así tambien me conoció la gente aquel día. Paseé mi desnudez corporal por toda la ciudad, ajeno a burlas y miradas despreciativas pues así debía ser ya que deber mio era el rechazar tales gestos confinandolos al pozo de las trivialidades ya que, de no hacerles caso omiso, susceptible yo era de caer en la culpabilidad de mi juez, mi único juez: yo.
Y paseé mi pureza por las calles, sin más abrigo que el abogado que me había de, no excusar, sino defender ante las condenas, que serían multiples, de las miradas inquisidoras de los extraños; ese defensor no sería más que yo mismo. Con decisión afronté mi primera prueba, mi primer examen de conciencia. Me enfrenté a las burlas, los desprecios de la gente que atonita descubría la situación. Una situación extravagante para ellos, denigrante y vergonzosa. Aquellos, reían por mi osadía, los otros valoraban mi valentía, estos, me exhortaban al minimo de pudor y decoro. Todos, riendo, negandome, acusandome, me veían. Había logrado ser el foco de atención y mientras nadie se decidiese a denunciar tal situación ante las autoridades competentes yo debía exponerme con celeridad. Yo debía, pues esta era mi voluntad y así se me ordenaba. Caminaba con la cabeza altiba, orgulloso del modo ante el que acudía a la sociedad aquel día: puro, limpio, sincero.
-¡Oidme vos, los que se ocultan bajo prendas y se avergüenzan de si mismos!-grité al tiempo que me elevaba en la madera de un banco de un verde y urbano jardín, con lo que quedaba en exposición todavía más a las diversas miradas sorprendidas- ¡Escuchad a este pobre pero sincero ciudadano que os dirige su pálida piel, pues con ella me muestro en claridad y verdad ante vuestras personas!.!Permaneced atentos a mis palabras que como testimonio de este ser pretenden llenar vuestras orejas más que lo que mis vergüenzas lo hacen en vuestros ojos!
La masa de gente que se agolpaba paulatinamente creía estar ante el espectaculo más bochornoso que el teatro ambulante podía ofrecer y, a marchas forzadas, pues mi cuerpo causaba mas risas que admiraciones, lograba la muchedumbre prestar audición a mis palabras no sin lanzar alguna que otra ocurrencia al aire tratando de amonestarme, animarme o sonrojarme. Proseguí.
-Como un susurro vino a mi hace tiempo un duende extraño. Se me adhirió a mi subconsciente como el amigo que busca consolarte a cambio de favores y pidióme ser compañeros del camino a la muerte. Involuntariamente me ví forzado a aceptar su nunca demandada compañía pues no puedo negar que insistió en ello hasta la saciedad como tampoco puedo renegar de la enorme falta que me hacía un camarada por entonces. Con todo ello, inicié junto a él el largo camino de la vida. Y he de admitir que nació en mi interior la semilla que desea ser sembrada en mi corazón desde que obtuve por compañero de espíritu a este extraño ser. Día a día. Si antes yo hacía nada, ahora hago todo y más. Descubrí que el gélido aliento que mi boca escupía se hacía brasa. Y quemaba. Mi silencio convirtiómelo su compañía en alboroto, mi sueño diario en insomnio incansable, mis pensamientos en ríos de sabiduría y voluntades. Entronó mis ilusiones él, ese inesperado compañero de vida. Rescató de la prisión mi ego y lo sometió a entendimiento, sapiencia, fuerza, vitalidad, poder... Confióme el secreto de todo guerrero y me preparó para la lucha. Y yo no le defraudaré, pues de mi espera él arrojo, decisión y valentía.
¡Y he aquí que me tenéis, presto para enfrentarme al que ose medir su yo contra el mío!. Temed todos mis voluntades, pues ellas pueden ser las más macabras e inhumanas pero también las más constructivas y deseables que jamás hombre en la tierra se dignó a llevar a cabo. ¡Ya basta! !Ni Dios ni su secuaz hombre! Yo soy el todopoderoso y me hago llamar “HOMBRE”. Yo confío en ellas, en mis voluntades, mis deseos y sueños. Me apoyo yo en ellas pues son las que alimentan mi poder y mi conciencia que por otro lado es suprema, está por encima de las vuestras, las hipócritas e ignorantes.
Fomentó el animo en aquel mi discurso la bien parecida atención que muchos de los oyentes prestaban a mis gestos y palabras, mientras otros se mostraban reacios a ofrecer sus oídos a mi, pues bastante tenían con mofarse de mi nudismo. Tomé oxigeno.
-Yo soy YO. -continué de este modo- Y yo os desprecio por vuestro vivir. !Colectivizados! Asco me producen vuestras caras de inmensa felicidad, asco me dan las costumbres vuestras, asco y repulsa me dais en el útero de vuestras madres, y en vuestras tumbas, pues no dejáis de ser los mismos: hombres resignados. Resignados a vivir estancados en donde hace siglos aprendisteis a usar las manos y con ellas vuestro cerebro, donde empezasteis a conoceros y enorgulleceros falsamente.
Oid el susurro. En él no hay palabras cobardes ni intenciones pasivas, solo voluntades, ilusiones, cambio. ¡Atended, escuchad! Silencio. Las gargantas de los oprimidos, las carcajadas de los opresores felices. ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Cobardes! Haga en mi este aliento carne las voluntades, trueque el sueño en realidad. Temed mi ira, pues es ella la que alimenta mi poder. Vos, los orgullosos; vos, los impíos; vos, los calumniadores, los soeces, los bárbaros humanos: ¿a dónde os dirigís, cual es vuestra meta? No sabeis, pues sois pasto de la ignorancia. Dejadme a mi; yo os mostraré vuestro futuro: pequeño y pasado, caduco. Continuais rebozandoos en el barro que durante tiempos cegó las miradas de vuestros antepasados, y seguís suplicando a las alturas la lluvia, esa lluvia que fomenta el barrizal en el que os sumergís. Puesto que en mucho os asemejo a las cerdos os dejo en vuestras piaras, ya que en ellas parecéis dichosos y jactanciosos. Mas yo y el susurro, de ellas huimos. Nada quiero saber ya de vosotros. No os pretendo discípulos, ni creyentes, ni fieles o compasivos, solo deseo rivales con los que medirme sin leyes que amparen nuestras cobardías y sofoquen los fuegos que de mis entrañas manan y mis sentidos carbonizan. Y serán esas llamas las que enciendan las hogueras de las voluntades de quién ose a mi enfrentarse. Y esas voluntades se medirán a las mías. Acudid con vuestro dios al reto, ello será por mi bien recibido ya que es él el que os llevará al apocalípsis y yo seré, aún sin haber desenvainado la espada, el vencedor, el poderoso, el que crea las maravillas, el conquistador de los cielos, el desfacedor o tejedor de sueños. Soy el arbol del que emanan jugosos los frutos de mi devenir. A mi llegan todas las fuerzas y sentimientos. Me hacen llamar “el hombre de los grandes sueños”.
Mis retinas fijaron la percepción al fondo del grupo humano que atendía mis palabras y gestos, allí donde el gentío hacía pesar más su desinteres por la escena y marchaba decidido a su objetivo personal más inmediato no sin enviar, como por cumplido, una pequeña vista hacia mi desnuda imagen de mártir. Entonces, mis ojos toparon con los suyos; mostraban sorpresa e incredulidad, vergüenza ajena, trastorno. Tras un tiempo en el que yo, turbado por hallarla allí, viéndome, y ella, confusa en la situación denigrante, entristecidamente sola como se encontraba, nos miramos fijamente, decidió ir en mi ayuda. Socorrió como el que socorre al cordero acechado por el lobo hambriento, abriendose paso entre la multitud de burlas, comentarios de repulsa y desprecio, hacia donde yo estaba. Aquel era el gesto que desde que nuestros sentimientos se cruzaron por primera vez había estado esperando de MIA. Mostró su ego la valentía que lo enchía, pues declinó tomar huida ante lo que vió asomado entre decenas de cráneos que se agolpaban en un lugar de aquel jardín público, y valerosamente ejerció de diosa a la ayuda del héroe. Llegó a la altura del escenario y me suplicó casi en lagrimas.
- Por favor, baja de ahí, de tu púlpito y rehusa mostrarte débil e indefenso –dijo casi susurrando, quizás intentando evitar que sus palabras alcanzaran oidos ajenos.
Me quedé mirando sus perfectos rasgos faciales. Descendí de aquel banco de calle e inmediatamente ella arrojó sobre mi blanco desnudo su abrigo del que fugazmente se había despojado al intuir que mi rostro, dispuesto a atender su súplica, se tornaba culpable y mis pies me clavaban en tierra firme. Los individuos, aquellos que durante pocos minutos se me habían convertido en parroquia, observaban el capitular de mi yo ante MIA, impávidos; y durante esos segundos acallaron sus risas y críticas.
Rápidamente, casi corriendo, ella me arrastró entre la muchedumbre que giraba sus cabezas tras nuestros apurados pasos, asiéndome por los hombros. Su cabeza altiva. Sentí que le había defraudado y avergonzado públicamente, y no me perdoné el haberle faltado de aquella manera. No era quién, mientras nuestros pasos acelerados procuraban escapar de los ojos del prójimo, de mirarle a la cara. Imaginé, aún así, que su expresión denotaría enfado. En el trayecto a nuestro hogar no me dirigió palabra, puede que, aunque quisiese, no encontrase alguna para describir, censurar, quejarse o culparme por aquello que contempló, o quizás llegase a la conclusión que yo no merecía un solo gesto de atención.
No hay comentarios:
Publicar un comentario